El problema de Transmilenio es el pasajero

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Las puertas de vidrio se abren y a continuación un puñado de personas se arroja desde el interior de la estación de Transmilenio hacia adentro del bus, mientras un grupo similar trata de salir del vehículo. Los dos chocan y empieza el forcejeo: el morral del universitario que se enreda entre las dos señoras; el joven que tira del morral moviendo hacia atrás a sus oponentes, quienes responde con insultos. Otro le abre paso a un discapacitado, pidiendo una silla azul, mientras alguien le responde “deje bajar primero”. Los que no suben simplemente comentan “¡Ush! La gente sí es maleducada, ¿no?”. ¡Oiga, casi me tumba. Pida permiso al menos. RESPETE!

El Factor común de todo el cuadro es que NADIE PIENSA EN EL OTRO. Cada uno sigue su camino y percibe al prójimo como si fuera un oponente, un intruso, una criatura malévola que le impedirá llegar a su destino. Y si así lo percibe, no hay mejor respuesta natural que los codazos, los empujones, los improperios y la indiferencia para hacerlo a un lado. ¿Por qué se produce este efecto?

Cada vez que me detengo a esperar en Transmilenio, me sitúo atrás, esperando un bus medianamente lleno y observo. Los habitantes de Bogotá tienen (o tenemos) una tendencia innata hacia el afán. Todos corren, empujan y se agolpan. Quieren salir lo más rápido posible, llegar lo más rápido posible. Incluso bajando el puente, pasan chocando con el otro. Lo esquivan en la calle y cuando el semáforo cambia de color, salen disparados hacia el otro lado de la acera, tratando de ganar el primero lugar.

ImagenLos habitantes de Bogotá tienen (o tenemos) una tendencia innata hacia el afán. Todos corren, empujan y se agolpan.

Ese afán explica por qué las personas se suben al bus, sin importar cuán lleno esté. Nunca van a esperar el siguiente: solo empujarán hasta meterse en un vehículo por más que no quepan. “Yo miro fijamente el tubo gris del Transmilenio – decía una amiga – si logro aferrarme a él, ya logré subirme”.

Sin importar que tengan que pararse sobre la franja amarilla, o que parte de su morral quede por fuera de la puerta, o si tengan que colgarse de la entrada del bus urbano, los capitalinos siempre tratarán de meterse en el vehículo, salir de la estación, cruzar el puente o caminar por la acera, a como dé lugar. No pensarán en detenerse. Un comportamiento que no es nuevo: basta con ver fotos del antiguo tranvía en Bogotá. El capitalino siempre ha sido así. Tanto el “nativo” como el “foráneo”. El estrés de la ciudad se aprende y se adopta como cultura. Y mientras esa cultura no cambie, cualquier sistema de transporte no va a funcionar en la ciudad porque cualquier propuesta dependerá, en un gran porcentaje, del comportamiento de los ciudadanos. La misma razón explica el trancón de la ciudad: Todos sacan el carro. ¿Compartirlo? ¿Para qué? El vecino también tiene y si no, que coja bus.

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El estrés de la ciudad se aprende y se adopta como cultura. Y mientras esa cultura no cambie, cualquier sistema de transporte no va a funcionar.

Cuando empecemos a pensar en el otro (si es que algún día lo logramos) esta ciudad y este país serán diferentes.

CRÉDITOS FOTOGRÁFICOS

Gracias a las fotos de “Martina”, que logró captar ese resplandor inspirador a través de la puerta de la estación. Pueden ver más de sus fotos en:

http://www.flickr.com/photos/40921100@N05/3809743906/in/photostream/

También gracias al excelente trabajo documental de Logia Misantrópica, cuyas fotos pueden verse en:

http://logiamisantropica.blogspot.com/2011/06/acerca-de-la-que-llaman-servicio.html

La foto del tranvía, un clásico de la historia bogotana, está muy bien acompañada en:

http://www.barriosdebogota.com/conozca-la-historia-del-tranvia-de-bogota/#axzz289rKmPod

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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

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