El alto de la línea: un viaje sin tiempo

Paseando al perroEn este país – donde los ladrones de celulares son liberados de las estaciones de policía por falta de pruebas y los campesinos son perseguidos por usar semillas naturales – hay más sorpresas, entre decepciones y buenaventuras, que en un espectáculo de magia. Y podría decirse que se trata de hechos maravillosos en sí mismos, como la transformación de un viaje de una hora en uno de seis.

Los 35 kilómetros que separan a Cajamarca, Tolimá, de Calarcá, en el Quindío, son interminables. Por esa carretera estrecha transita el tráfico que mueve el país: camiones de carga que conectan a la capital colombiana con el puerto de Buenaventura y la frontera con el Ecuador –  cargas que después se distribuyen desde Bogotá a toda Colombia y que, a veces, irónicamente, vuelven hacia el Cauca o el valle –; decenas (o centenas) de buses intermunicipales e interdepartamentales y, en temporadas vacacionales, cientos de vehículos particulares que van y vienen de diferentes puntos turísticos.

Durante el recorrido es posible reconocer a la verdadera Colombia, no la que discuten los medios de comunicación cada mañana, cuando hablan de nombramientos y campañas políticas, sino la de quienes padecen esas decisiones: Campesinos marchan a lomo de mula al lado de camiones de tres o más ejes; terrenos azotados por fuertes lluvias y sequías donde la ayuda del estado no llegó, condenando a sus habitantes a pedirle dinero a los conductores, mientras simulan ayudar coordinar el tráfico en cada curva del alto de la línea; hombres tostados por el sol con un casco blanco y un chaleco naranja haciendo señas para que los vehículos paren o sigan por el paso restringido que bordea una obra que no avanza y, poco a poco, se ha ido convirtiendo en un hueco más en el camino; ciclistas profesionales o aficionados que se atreven a retar a la montaña; comunidades pobres que cultivan plátano, papa y otros alimentos de verdadero pancoger y niños que corren junto a la carretera jugando con una rama, un pájaro, un bicho.

Esa carretera es tan estrecha que el pinchazo de la llanta de un camión tapona la vía.

Es tan inclinada que las tracto mulas caen – de vez en cuando – por los precipicios que bordean el camino. Es tan empinada que los vehículos se recalientan en la subida y pierden el control de los frenos en la bajada. Tan desolada – en algunas partes – que las tumbas cavadas en el camino dan testimonio de quienes perdieron la vida tratando de atravesarla. Y tan traicionera que cada uno de esos percances parece detener el tiempo y el espacio.

La ironía aparece cuando, en medio del trancón, la mirada de los pasajeros contempla con desesperanza las decenas de obras en la vía. Viaductos que salen de una roca y terminan en otra, sin una carretera que los conecte; agujeros en las montañas que algún día se espera sean túneles; excavaciones a los lados del camino. Todas ellas actividades que llevan una década y parecen estar siempre en el mismo punto.

Mi último viaje por este corredor tomó seis horas. Durante cinco de ellas estuvimos totalmente detenidos. Delante nuestro teníamos un bus interdepartamental que llevaba a unas monjitas misioneras hacia Ibagué y detrás venía una grúa que – media hora más tarde – fue convocada por la policía de carreteras para sacar un camión que había caído entre las montañas. La operación tardó todo ese tiempo.

Mientras tanto conversamos, tomamos fotos del paisaje, hablamos de todo lo que aquí está escrito, sintonizamos la radio, hicimos juegos de palabras, caminamos, comimos sándwiches y hasta nos aburrimos. Un hombre sacó a pasear su perro por la carretera; algunos niños bajaron a jugar entre los carros; una madre obró milagros para dormir a un bebé dentro de su automóvil y cada cuarto de hora un par de buses se lanzaba en contravía intentando robar un espacio más adelante.

Durante ese tiempo viví el trancón más largo de mi vida, 35 kilómetros al ritmo de la autopista de Bogotá, norte a sur, en hora pico.

Antes de llegar al puente de Cajamarca una valla publicitaria anunciaba la construcción de la carretera del progreso. La doble calzada Ibagué – Armenia. Un anuncio que se amarilla con los años. Y así, mientras el país firma tratados de libre comercio, los camiones se derrumban en el Alto de la Línea tratando de llevar una carga de cebollas de un rincón a otro. Esas son nuestras vías para la prosperidad; ese es el corredor que los presidentes de Colombia – uno tras otro – prometieron terminar, pero cuyas obras siguen mostrando avances vagos y escándalos de corrupción. Por ahora no dejan más que anécdotas y viajes que acumulan tiempo perdido.

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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

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