La adicción al conflicto

Adicción al conflicto

Cedritos. Calle 140. Centro Comercial La Puerta del Sol. En la entrada de un local comercial un hombre choca con otro por distracción. Cada uno avanza con la mirada fija en cualquier detalle, menos en el camino por el que circula. Tras el choque, se insultan. “¿Qué no ve por dónde camina? – Viejo ciego”, dice uno. “¡Respete a los mayores! – Idiota”, responde el otro. Los argumentos se tornan más acalorados. Una vez en la acera, el primero lanza un puño y el otro saca de su bolsillo un gas que estalla e impregna todo el centro comercial con un hedor lacrimógeno. En el restaurante peruano – donde yo almuerzo – el olor de la salsa huancaína se disuelve en el aroma fétido del conflicto que viene desde fuera.

Cuando el altercado se diluye, aparece el cuadro deprimente: los comensales critican la actitud de dos personas que se fueron a los golpes porque ninguno cedió el paso en la puerta; pasan al recuerdo de una pelea similar en la que dos personas se enfrentaron por el turno en una tienda; mencionan a  dos peatones que se dieron puñetazos por tomar un taxi; los carros que se estrellaron en la esquina por no ceder el paso; los agarrones, rasguños y empujones en la fila del banco; el centro de servicios de telefonía, el parque de diversiones, la subida a Monserrate, la EPS… …conflictos con mayor y menor gravedad que emanan en cada esquina de un país que paga sus desacuerdos con la venganza, porque está habitado de ciudadanos que han encontrado, en esta, la manera de resolver sus problemas.

En la calle un conductor se toma el trabajo de bajar el vidrio de su vehículo para que el otro escuche los insultos que va a proferir; en las recepciones de los edificios y centros comerciales, las personas tratan mal a los vigilantes porque les exigen una revisión de sus maletines, o porque les piden pasar por lado del piso que está seco. Y en las fiestas populares, los jóvenes se toman tres tragos y fijan como objetivo casar una pelea con alguien porque sí, para medir fuerzas.

Y el enojo se responde con más enojo. El volumen de los gritos sube con cada insulto. El empujón en el bus es más fuerte; en Transmilenio los pasajeros golpean las puertas de las estaciones porque hay un retraso en las rutas. ¿Por qué somos incapaces de ofrecer una disculpa? ¿Y todavía más necios para aceptarla? En las redes sociales un video nos recuerda al hombre que le puso zancadilla a la señora que se le adelantó en el torniquete de entrada de la estación de un sistema de transporte masivo. ¿No pudo aguantarse la rabia? ¿Dejarla pasar?


La respuesta aparece con timidez, pero poco a poco se torna verosímil: somos adictos al conflicto. Nos da satisfacción ganar una pelea a toda costa. Dar a entender que tenemos la razón, y mejor si es por la vía de la fuerza o el insulto. Cuando hablamos con nuestros amigos o conocidos, narramos con orgullo esas historias en las que salimos vencedores cuando “dejamos calladito” al otro por algo que dijimos. Y aceptamos a estos ganadores como héroes, modelos a seguir.

No es de extrañar, entonces, el país que tenemos.

Si piensa diferente, si tiene un contraargumento, entonces inténtelo: la próxima vez que se sienta ofendido por alguien, perdónelo y siga su camino.

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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

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