Esas lecciones familiares

Una revisión a quemarropa en el trabajo trajo a mi memoria la lección que me dio uno de mis tíos hace más de diez años. “Nunca dejes pasar una papa mala o muy pequeña”, me insistía durante un día de cosecha, cuando empacábamos en sacos distintos las ‘muras’ y las ‘grandes’, a la par que desechábamos las  ‘picadas’ y las ‘cortadas’. “Cuando uno llega a Ipiales – continuó – el comprador escoge un bulto al azar, lo vacía en el piso y observa. Si ve una mala concluye: ‘esta papa no es de buena calidad’. Y así se jode todo el camionado y adiós cosecha”.

Lo mismo puede suceder en cualquier día de oficina – sobre todo si se trabaja en contenidos – cuando un jefe decide mirar al azar cualquier texto o página de internet que se tiene a cargo.

“Díganme un URL para revisarla”, le dijo en esta ocasión al resto del equipo (Bueno, en realidad, no dijo URL, pero utilizo la sigla para guardar la confidencialidad del tema). La primera pasó la prueba; la segunda, estuvo casi a la altura; la tercera, sin pena ni gloria y, a la cuarta ¡Cataplum! ¡Apareció el error! (Se jodió todo el camionado y adiós cosecha).

Este recuerdo, sumado al de mi abuela, quien alguna vez insistía en que “de todo hay que hacer en esta vida porque uno no sabe cuándo va a necesitar lo que va a aprender” (frase que pronunció después de mandarme a despulpar una calabaza blanca, sacando las semillas, una a una), me hacen comprender cómo influyen en nuestra vida las tareas diarias. Son esas tareas sencillas, humildes, cotidianas, las que nos forman para siempre y terminan caracterizando todo lo que hacemos. Los simples mandados, que muchas veces tuvimos pereza de cumplir porque no les veíamos la entera utilidad,  solo pretendían moldear nuestro carácter y actitud frente a las cosas.

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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

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