Miedo a los perros

Todos reían –algunos a carcajadas– mientras los perros correteaban a las niñas. No querían morderlas (al parecer). Solo daban ladridos secos, cortos, abriendo y cerrando el hocico en un segundo, mientras emitían ese ¡guof! ¡Gouf! Que aterrorizaba alas pequeñas. Un sonido de golpe lento y contundente, como si el compás del bombo de una banda marcial se convirtiera en una voz canina.

Ellas, en cambio, solo tenían energías para lanzar un chillido. ¡Ajj! ¡Iiiijj!

Y para correr en círculos sobre la acera, por delante de los perros.

Hubiera intervenido, pero le tengo miedo a los perros (aunque gracias a Discovery Channel sé que si les grito ‘¡Quieto!’, así, con carácter, se intimidan, se quedan congelados, o se devuelven a su lugar de reposo). No obstante, la reacción de la madre fue de lo más contradictoria: toscamente jaló a la primera niña, tomándola por el brazo; un tirón tan fuerte que la sacudió por completo y la arrastró afuera de la acera.

Todo se calmó entonces.

Y todos reían: el vendedor de aguacates, el motociclista que tomaba tinto, la vendedora de café, la dependiente de la papelería, el ayudante del panadero y el repartidor de la bicicleta. Las niñas (que eran dos), en cambio, sentían una mezcla de miedo, vergüenza y humillación. Se notaba: en su mirada que se dirigía siempre hacia el piso; en esa gota de lágrima que intentaba salir desatada por el susto y la vergüenza, al tiempo en que se contenía para no darle pie a la humillación; en la cabeza baja; en la piel enrojecida.

–¡Para qué se acercaron a los perros! – Fue  el regaño

Silencio y risas.

Un transeúnte escritor quiere ayudar pero finalmente se deja llevar por la indiferencia; o por el terror a ser rechazado, cuestionado y reprimido ahora que los perros son más importantes que las personas. Hoy que los ciudadanos recogen animales de la calle pero escupen al lado de los indigentes. Ahora en que las mascotas tienen nombres de personas, de personajes históricos o bíblicos y reciben alimentación balanceada, atención psicológica (como si pudieran considerarse individuos, desde un punto de vista antropológico), comunicación constante (aún sin dominar un lenguaje) y asisten a escuelas especializadas.

–“Es que, cuando traemos el perrito por estas calles, él llora y se pone intranquilo porque piensa que lo vamos a regalar. Es muy nervioso”–, escuché decir una vez.

(Y me sigo preguntando cómo hicieron para leer los pensamientos del animalito)

No. No podía intervenir como se hacía, años atrás, en el campo: lanzando una piedra, dando una patada, emitiendo un grito (¡Chiite!). Sería castigado.

Las niñas lo fueron, de hecho. Al tirón siguió el pellizco, como condena por haber perturbado al perro. Y las burlas (más dolorosas que un golpe directo en el cuerpo) que las confinaron a huir avergonzadas, al doblar la esquina.

Más fácil era ahuyentar a los perros, abrazar –como madre– a las niñas y ayudarles a vencer el miedo. Pero no aplica. No en los planes de esta nueva sociedad.

–“La gente no permite que uno se suba al bus con su perro porque no les gusta. Pues a mí no me gustan los niños. Entonces que no se suban al bus con los niños”–escuché decir otra vez.

Y así es como se irán invirtiendo las prioridades. El perro por encima del hombre. El hijo, siendo menos importante que la mascota. Y la burla, más pertinente que la condescendencia.

P.D. Vuelvo a las fotos de Flickr (el miedo no me permitió tomar una). La de esta entrada es de Sofía Arestegui, una mujer ocupada (según su perfil). Su galería se puede visitar en el siguiente vínculo: https://www.flickr.com/photos/arestegui/ 

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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

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