Horas de lluvia en Bogotá

Leo Villamizar
Leo Villamizar
Foto: Leo Villamizar. http://goo.gl/XtSMDW

Escuchamos el primer trueno cuando nos disponíamos a pagar la cuenta. Era uno de esos días en que la calma se rompe y todo se viene encima: el informe de última hora, media docena de artículos por escribir (o publicar), el rebote de la factura de los servicios por falta de fondos (¡las demoras en el pago!), llamadas, reuniones, correos, el almuerzo de afán por la necesidad de volver.

Y las nubes se deshicieron en gotas -de esas largas y gruesas- que inundan las calles bogotanas cuando tienen alcantarillado deficiente (casi todas en el centro). Se batieron récores ese día: los estudiantes quedaron empapados en menos de cinco minutos; al restaurante no le cabía más gente porque nadie quería salir. Había ejecutivos parados al lado de cada mesa, otros bloqueando la puerta y los que permanecían sentados tenían pereza de meterse la mano al bolsillo, pues si pagaban se tenían que ir.

Unas escaleras internas, situadas junto a la puerta de la salida, en un rincón que siempre parecía haber desembocado en una pared decorada con afiches que imitaban el PopArt, nos condujeron a la entrada lateral de un café. Las gradas caracoleaban por un camino descendente, atravesando la sala de exposiciones del Centro Cultural Gabriel García Márquez. Y el café, a su vez, limitaba con la calle a través de una tradicional (y mal llamada) terraza, cuyo piso estaba enchapado con ladrillos desnudos de color naranja pálido.

En ese momento, el lugar estaba casi vacío. La lluvia había evitado la llegada de los comensales que días anteriores atiborraban la barra pidiendo, cada uno, una bebida diferente: capuchino, moka, tinto, espresso, americano, nevado, aromática, chocolate, galleta…

Miles de gotas caían, inundando la calle. El nivel del agua subía por encima de la acera. Y en el momento en que creímos que no había más agua en el cielo, la lluvia de intensificó.

Por la puerta de la escalera semi-secreta aparecieron más personas. La entrada principal, a su vez, recibía los cuadros típicos de un aguacero: personas que llegaban al café con medio cuerpo mojado – hombro, cuello, brazo y antebrazo; o la espalda -, porque el paraguas que portaban era pequeño, o bien tenía la tela caída por uno de los lados; otros, con la sombrilla desecha por el peso del agua, la cual sujetaban con las manos temblorosas; estudiantes risueños que competían para descubrir quién era el más seco (o mojado) del grupo; billetes deshechos que se transaban en la caja por un café.

Por mucho que esperamos a que bajara el aguacero, este se mantuvo inmutable. Desde el filo del ventanal contemplamos cada rincón de la calle, la acera y de la cuadra siguiente. Calculamos los pasos: había que pasar por debajo del árbol de la entrada; pararse bajo la carpa roja, verde, azul y amarilla, en forma de sombrilla, del vendedor ambulante; subir cinco o diez metros y dar una zancada para no pisar el charco de la esquina; avanzar hasta la parte de la acera que estaba cubierta por los aleros de las casas republicanas y entonces correr.

De ese modo lo hicimos.

Seguro adoptamos el estilo inevitablemente típico de quienes corren con traje. Con ese andar de marionetas, moviendo los pies rápidamente hacia delante, sin flexionar las rodillas y dando pasos que parecen brincos, acompañado con los brazos extendidos a ritmo cruzado (izquierda con derecha y derecha con izquierda), como si contáramos ‘uno, dos. Uno, dos’, llegamos a la segunda esquina.

Las gafas empañadas; gotas de aguas repartidas como lentejuelas en el traje recién planchado (porque, misteriosamente, las primeras gotas que caen en uno de estos atavíos no se deshacen, sino que se posan como el rocío en las hojas de la hierba); el pelo empapado; agua descendiendo por las patillas o la frente: así llegamos a la puerta. Esas fueron nuestras heridas de guerra. Las partes oscurecidas por la humedad en la tela de la camisa eran como cicatrices de nuestra batalla. La picazón en la piel – debajo de la ropa mojada – serían la secuela de esa hazaña que ahora parece insignificante (por lo cotidiana), pero que entonces era todo para nosotros.

P.D.: La foto de Leo Villamizar, cuyo flickr es http://goo.gl/XtSMDW, si bien no es tomada en el mismo café que inspiró esta historia, está totalmente relacionada (‘ni mandada a hacer’) con lo que trato de contar.

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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

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