Los sastres del Emperador

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Farabutto corrió los pasadores que inmovilizaban los pedales y el eje del telar y luego ató el peine de la máquina al travesaño superior para asegurarlo completamente, antes de subirlo al coche. Wihelm estaba delante, dándole de comer a Paquino, su caballo,  la última zanahoria que les quedaba.

–¿Cuánto nos queda? – Preguntó Farabutto, cuando tomaba las riendas para arrancar el coche.
Tres monedas de plata, dos panes y un queso – respondió su compañero, después de meter la mano en las alforjas.
¡No pudo haber salido peor! Te lo advertí. Entrar en la competencia de tejido de Nicolás Bataille, cuando el rival era Robert Poinçon era una pérdida de tiempo y dinero.

–Pero yo no esperaba que la plaza estuviera llena de cabras ni que estas se desbocaran apenas vieran nuestras brillantes zanahorias; y menos que Paquino les asestara esa tremenda coz que las mandó volando contra el telar y terminaran rompiendo la seda.

–¡Wihelm, eres un descuidado! Siempre lo has sido. Bastaba con cerrar el saco de las zanahorias. Solo eso hubiera evitado que estas se regaran y cayeran en la cañería y, mejor aún, que perdiéramos el concurso y que se rompiera la tela. Pues de lo contrario, al menos la hubiéramos podido vender.

–¡Era un buen concurso ese! ¡Mil piezas de oro y un contrato como sastres de la corte de Don Luis I de Anjou! Y pensar que ya los habíamos convencido de que esa era la seda china más resistente de todos los reinos, hasta que llegaron las cabras.  ¿Qué haremos ahora?

Farabutto, tiró de la rienda izquierda del caballo y de repente el coche de los sastres se desvió tomando el camino imperial del Norte. Wihelm se sorprendió. ¿Acaso no era mejor regresar a su casa y tomar oficio mientras se reponían de la pérdida? Pero antes de que pudiera preguntar alguna cosa, su compañero tomó la palabra.

– Bueno, nos queda una oportunidad. En el concurso he conocido a un caballero que me habló sobre la costumbre del Emperador de estas tierras. Dice que es un aficionado a los buenos vestidos, que siempre está buscando telas nuevas y que su vanidad es tal que no repara en organizar eventos públicos y desfiles, con la excusa de estrenar nuevas ropas.

– Creo haber escuchado algo también. Un mercader me dijo que el famoso emperador pasa más tiempo en el vestidor que en el consejo, lo cual es mucho decir. ¿Pero qué vamos a venderle si ya no tenemos seda ni tela para tejer?

– Una tela mágica, Wihelm. Una tela mágica.

2

En la capital del imperio, había una plaza enorme, rodeada de cinco anillos de casas que se acomodaban en calles circulares detrás de la muralla. Frente a la plaza estaba la catedral y, detrás de ella, un camino que subía hasta el palacio del emperador. El centro era un lugar movido: un pregonero anunciaba que ya iba a empezar la hora de los juglares que narrarían cuentos locales aquel domingo; al tiempo, tres dulceros y dos panaderos se acomodaban a cada lado de un escenario improvisado; también había campesinos vendiendo verduras, carne de caza, vinos, herramientas, caballos, especias y menjurjes medicinales. Se decía, de hecho, que era la plaza comercial más grande del continente.

La gente se empezó a agolpar para reservar sitio antes que diera inicio la comedia. Entonces Farabutto se plantó en el centro de la reunión y empezó a anunciar sus servicios:

– “¡Vengan, habitantes del imperio, a contemplar la más hermosa y mágica de las sedas que se haya visto en estas comarcas! Viene del Asia encantada, donde los caballeros luchan con serpientes infernales para robar los gusanos que escupen estos hilos. ¡Con ella tejemos una tela mágica! Más liviana que el viento y más duradera que los siglos. La tengo aquí, en este cofre que les traigo.

– ¿Y qué tiene de mágica? –Gritó uno de los asistentes–. ¿Qué hemos de hacer con una seda que hace una tela mágica?

– Tanto la tela como la seda – respondió Farabutto –se vuelven invisibles ante aquellos que no son aptos para desempeñar el cargo en el que trabajan o ante los que son demasiado estúpidos.

– ¡Oh! – Respondieron en coro los asistentes

Farabutto inclinó su cuerpo hacia atrás y giró su antebrazo, como quien lo antepone para hacer una venía. Y cuando la palma de su mano se enfocaba hacia el cielo preguntó en voz alta:

– ¿Quieren que mi asistente abra el cofre?

Pero él sabía que no habría ocasión para ello, puesto que calculó el tiempo exacto para que en ese momento entraran los juglares haciendo sonar sus flautas y lanzando serpentinas.

– Estaré en la plaza con mi telar –dijo antes de irse–. Pero recuerden: solo el mejor oro del mundo puede pagar esta tela.

3

Al final del espectáculo, la gente se preguntaba qué habrá sido de aquel sastre y cómo sería esa tela. Se hablaba de eso en el almacén del panadero, en el taller del herrero, a la salida de la catedral y en cada calle que recorrieran más de dos personas. El chisme llegó a oídos de un de un soldado y, por medio de este, a los de un caballero que a su vez se lo contó a un escribano y quien, finalmente, se le dijo a un ministro. Este último, se lo comunicó al Emperador.

Así que al poco rato, un emisario del emperador se presentó en la plaza para hablar con Wihelm y Farabutto.

– Vengo de parte del Emperador, quien está interesado en comprar la tela que ustedes han traído. Pero me ha pedido comunicarles que no le interesa tanto la tela, como el vestido que habrán de hacer con ella.

– Déjeme decirle – respondió Farabutto – que es la mejor decisión que ha podido tomar el emperador. Con gusto nosotros confeccionaremos su vestido. Pero ha de saber que para ello necesitamos tiempo y un adelanto para pagar nuestra estadía y algunos materiales necesarios para el trabajo.

– ¿De cuánto tiempo hablamos?

– Al menos 15 días. Y ha de saber también que nosotros somos sastres especialistas en tejidos cortesanos por lo cual solo nos quedamos en buenos hospedajes y no en cualquier pensión – añadió Wihelm.

– En ese caso no tienen de qué preocuparse, pues el emperador me ha autorizado a pagarles hasta dos bolsas de oro de la mejor calidad.

– Dos son suficientes como adelanto – apuntó Farabutto – porque, por supuesto, que esta tela mágica, traída del Asia, cuesta mucho más que eso. Aún así, podríamos empezar.

El emisario accedió a pagar las bolsas de oro y no se preocupó en lo absoluto por negociar el precio.

Apenas desapareció de su vista, Wihelm volteó de un sobresalto y abriendo los ojos y levantando las cejas se dirigió a Farabutto.

– ¡Dos bolsas de oro! ¿Acaso perdiste la razón?

– ¡Cálmate Wihelm! Este emperador está loco y su pueblo le sigue la corriente. Vas a ver cómo lo convencemos.

– Además le has dicho que es solo un adelanto…  No… ¿no estamos exagerando?

– Nos pagará eso y más, mientras tengamos cuidado de no estropearlo todo, como nos sucedió la última vez.

4

Los sastres alquilaron una casa ubicada cerca de la puerta de entrada y salida de la capital amurallada. Allí se aseguraron de poner el telar frente a la ventana principal. Una vez instalados, durante el día, paseaban por la ciudad preguntando el precio de hilos, agujas y sedas. A veces compraban alguna cosa, argumentando que la necesitaban para transformar la tela mágica en el traje nuevo del emperador. Después, apenas caía el ocaso, prendían dos lámparas de aceite para iluminar el cuarto en el que guardaban el telar, de modo que los transeúntes pudieran ver la silueta de todos los movimientos que hacían: Wihelm daba vueltas alrededor de la máquina, simulando cargar los hilos que Farabutto, simulaba enhebrar en el caballete. También los trenzaba, dando pedalazos y tirando del travesaño para mover el peine. Cuando la noche se hacía más profunda, los curiosos se marchaban a dormir. Y en el momento en que los sastres notaban que ya no había personas pasando por el frente de su casa, apagaban todo y se iban a sus habitaciones. Al día siguiente, aparecían en las últimas horas de la mañana, argumentando que trasnochaban mucho confeccionando el vestido.

– ¿Y por qué solo tejen en las noches? – Les preguntó un día una ventera

– Es que si lo hacemos de día, la tela pierde su magia y se convierte en polvo – argumentó Farabutto.

5

Una de esas noches, llamó a su puerta el Primer Ministro.

– Vengo de parte del emperador, quien me ha enviado a observar los avances de su nuevo vestido – dijo.

– Pase, pase –respondió Wihelm dejándolo entrar, mientras  miró con ojos temblorosos y parpadeantes a su compañero.

– ¡Pero por supuesto, cómo no vamos a permitir que el Primer Ministro contemple la tela imperial! –Dijo rápidamente Farabutto–. De hecho, ya la tenemos lista, ahora solo nos falta hacer los cortes para coser el vestido.

El sastre se dirigió de inmediato a una mesa ubicada en un rincón del cuarto e hizo la mímica de tomar un objeto pesado con las manos. Luego lo apoyó en su antebrazo izquierdo y, con la mano derecha, hizo como si desdoblara una tela.

– Ayúdame a extender la tela, Wihelm –dijo al instante.

Wihelm, que apenas logró captar la idea, simuló coger un extremo de la tela con las dos manos y dio dos pasos hacia atrás, como si estuviera extendiendo una sábana.

– Observe la brillantez y la originalidad de los colores brillantes de esta tela – dijo Farabutto

– Eso sin mencionar la calidad del dibujo – añadió su compañero.

– ¡Oh sí! El dibujo, continuó el otro sastre, sorprendido por el paso de su compañero. Son unas curvaturas únicas, no doradas, que ya pasaron de uso, sino de plata, como manda la nueva tendencia.

El Primer Ministro estaba estupefacto porque no era capaz de ver cosa alguna. No había asomo de la tela, solo contemplaba a los sastres haciendo gestos sobre lo invisible. Y aunque le costaba creerlo, podía haber asegurado que sus interlocutores tenían una tela entre las manos, pues sus ademanes y movimientos no dejaban duda de demostrar que sostenían algo de peso y que recorrían con sus indicaciones los bordados y dibujos, es decir, los diseños de la tela. Pero no se quiso arriesgar a revelar la verdad, pues temía quedarse sin trabajo, ya que de la seda se decía que se tornaba invisible ante aquellos que no eran aptos para desempeñar el cargo en el que trabajaban o ante los que eran demasiado estúpidos. Así que, sin reparar más en ello, respondió:

– ¡Qué dibujo y qué colores! Es un trabajo digno de admiración.

– Me alegra que así lo considere – respondió Farabutto – porque ya es tiempo de recordarle al emperador que nos debe pagar las cinco bolsas de oro restantes por la confección del vestido.

– Por supuesto, ni más faltaba. Se lo habrá saber de inmediato.

– Y también podría preguntarle cuándo considera oportuno probarse o estrenar el vestido, añadió Wihelm.

– También se lo preguntaré y les enviaré la respuesta, con el resto de su paga, con uno de nuestros funcionarios – añadió el Primer Ministro.

Entonces se despidió y salió dando un golpe suave de puerta, mientras los sastres le decían adiós, sonriendo, desde su taller.

– ¿Acaso estás loco? ¿Cómo se te ocurre acordar una cita con el emperador para probarse el vestido? – Dijo Farabutto, apenas estuvieron solos.

– Pero, estamos cosiendo un traje para él. En cualquier momento iba a venir a verlo. ¿No es mejor adelantarnos al asunto?

– ¡Por supuesto que no! El plan era escapar un día de estos a la mitad de la noche con todo el dinero. A los emisarios los podemos engañar, pero no creo que el emperador sea tan distraído. ¿Ahora qué vamos a hacer? ¿Y qué tal si se le ocurre venir en persona a traernos la paga y probarse el vestido?

– Bueno, todavía nos queda una bolsa de oro y la mercancía que hemos comprado.

– No es suficiente. Debemos reunir más dinero antes de volver a nuestra tierra porque, después de esto, deberemos cambiar de negocio. No vamos a ser sastres de nuevo.

Pasaron los días y al taller de los sastres acudieron diferentes consejeros, enviados a chequear el encargo del emperador, ante lo cual Wihelm y Farabutto repetían la misma actuación. De modo que un día, uno de ellos, les anunció que el emperador había decidido estrenar el vestido en una procesión y que el día siguiente debían acudir al palacio para probarle el vestido y recibir el pago que estaba en deuda.

6

El vestidor del emperador era un salón enorme: en la pared del fondo tenía instalado un espejo que iba desde el piso hasta el techo; el recinto estaba compuesto por un salón principal y dos naves laterales que estaban llenas de roperos. En el centro del salón, había un espacio libre, en piso de madera, con un pequeño taburete en el que el emperador se paraba para que sus ayudantes le probaran sus ropas. Y alrededor de ese espacio, había un taller improvisado de confección y costura, donde se hacían bordados, encajes y los arreglos de última hora que pedía el monarca, conforme se probaba un vestido.

– ¿Por qué no siento el peso o la textura de la tela? – Preguntó el emperador, estando en ropa interior, cuando Farabutto hacía la mímica de ponerle la casaca y cubrir sus hombros con el manto.

– Sepa, su alteza, que esta es la más liviana de todas las sedas. Mucho más que el viento. Tanto, que es tan cómoda como la misma piel – respondió el sastre.

Ni los sastres imperiales, ni los escribanos, ni el tesorero del reino, ni los dos consejeros que acompañaban el evento se atrevían a decir palabra porque no veían nada más que dos sastres manipulando un objeto invisible. Wihelm, movía las palmas de sus manos de arriba a abajo, detrás de la espalda del emperador, como si corrigiera arrugas en la tela. Farabutto, por su parte, enhebraba una aguja con hilo invisible y luego simulaba dar costuras cerca de los tobillos de su cliente, argumentando que debía ajustar los dobleces para que el emperador no fuera a pisar la tela cuando caminara.

Así transcurrió la mañana de ese día en que el sol de verano se confabuló con los forasteros, aportando un clima tan caluroso que el emperador no sintió el frío de estar en ropa interior durante toda la escena. Cerca del mediodía, Farabutto declaró terminada la sesión y dirigiéndose a los asistentes preguntó:

– ¿Qué opinan?

– Observen la brillantez y la originalidad de los colores de esta tela – dijo Wihelm, recordando los apuntes de su compañero.

– ¡Qué dibujo y qué colores! Es un trabajo digno de admiración – respondieron todos, uno a uno, recordando las palabras del primer ministro.

Pero el emperador estaba sorprendido, pues no veía nada más que su cuerpo en ropa interior. Sin embargo, no se atrevió a mencionarlo, ya que de la seda se decía que se tornaba invisible ante aquellos que no eran aptos para desempeñar el cargo en el que trabajaban o para los que era demasiado estúpidos.

– Los felicito por este gran trabajo –dijo en cambio– es evidente que estas telas tienen un diseño y colores únicos. Un grabado excepcional inspirado, tal vez, no sé…

– En el arte francés – interrumpió Farabutto, de repente.

– Por supuesto, francés – dijo el emperador – cómo iba a ser de otro modo. Ante un trabajo de tal calidad no puedo sino condecorarlos con la orden imperial, de modo que, de ahora en adelante, a donde ustedes vayan, puedan decir que fueron nombrados sastres imperiales y portar la medalla que así lo acredita.

– Y no habrá de olvidar el resto de nuestra paga – dijo Wihelm, esta vez sin temblar.

Así que el emperador mandó a traer las medallas y las cinco bolsas de oro que, unos instantes después, los sastres cargaron en su coche, junto con el telar, las comidas y la mercancía que habían comprado para vender en otros reinos.

Cuando subieron al coche, desde la entrada de la ciudad, alcanzaron a divisar el palio que se alistaba a recibir la marcha de la procesión solemne. Y cuando su coche se perdía por el camino que atravesaba las montañas, en el imperio sonaban las carcajadas de los habitantes que comprendieron todo cuando un niño se atrevió a declarar que el emperador estaba semidesnudo.

Pero nadie se atrevió a ir en busca de los estafadores, pues su majestad decidió no perder la cordura y mantener la calma hasta el final de la ceremonia, pues, al fin y al cabo, bastarían unos cuantos días para que en la ciudad se hablara de otra cosa.

El 02 de abril de 2014 se cumplieron 209 años del nacimiento de Hans Christian Andersen, uno de mis escritores favoritos. Para celebrar la ocasión, quise hacerle homenaje narrando su cuentoEl traje nuevo del Emperador, desde otro punto de vista.

 

P.D. Hasta donde lo pude comprobar, la imagen que acompaña este texto fue dibujada por Vilhelm Pedersen, el ilustrador de los libros originales de Hans Christian Andersen.

La versión original del cuento ‘El traje nuevo del Emperador’ se puede leer haciendo clic aquí.

 

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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

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