Asesinas en el techo

palomas en el techo Bogotá

palomas en el techo BogotáEl cadáver de la paloma tendido sobre el filo de la acera (la cabeza semi-desprendida, dejando ver parte de la columna vertebral del animal; el ala rota; la sangre vertida por la acera y chorreando hasta el pavimento) mostraba la crueldad de la batalla que se libra en los techos de las casas republicanas del centro. Unos metros más adelante -en la misma cuadra de la carrera cuarta, justo antes de llegar a la puerta de salida de la biblioteca- yacían otros. Un par, desmembrados por el impacto que supuso la caída desde el entejado; otros dos, simplemente inertes, como si hubieran fallecido por asfixia o a causa de un golpe contundente en alguna parte sensible del cuerpo.

En el techo, dos aves de aproximadamente medio metro, como gallinazos (chulos, les dicen otros), se posaban mostrando el pecho inflado, levantando el pico hacia el cielo y reposando, tranquilas, sus alas en el torso. No fueron por comida, sino por territorio. Tal vez bajaron de repente y atacaron por la espalda a picotazos, y movimientos de tarso y espuela, a las otras que entonces cayeron, se estrellaron contra el suelo y se abrieron del mismo modo que las gotas de agua provenientes del cielo.

Debió ser una lucha rápida.

Afortunada para los transeúntes que no recibieron el golpe de un ave inerte cayendo sobre sus hombros o sus cabezas, tal y como sucede en otras ocasiones con las heces de las víctimas de hoy.

De infortunio para las sobrevivientes que ahora vagan por la parte baja de las casas -saltando, en lugar de volar- no para robar comida, sino con el fin de alejarse de la amenaza, mientras contemplan cómo las ruedas de los carros y los buses; los obreros que lavan las paredes de los edificios patrimoniales; los indigentes; en fin: la inercia citadina esfuma con su paso los restos de sus difuntas compañeras.

Habrá, unos metros o kilómetros más allá, otras casas, otros barrios, otros callejones en donde levantar vuelo para volver a ser las de siempre: ratas del aire, parásitos de la urbe que se alimentan de los despojos arrojados por los humanos y que se reproducen como la maleza para colonizar, de a poco, cada rincón elevado de la ciudad. Harán nido y después bandada. Ensuciarán otros parques. Deformarán otros cables. Y esperarán una nueva batalla contra aves que, quizás, vengan del norte y vean en ellas el alimento o el medio para dominar.

Se repetirá la historia, aquí y allá, como un nuevo transcurso para las ciudades.

Su sangre derramada no será diferente de la nuestra; más bien una metáfora del salvajismo que desde hace siglos reina en las ciudades y cuya razón de ser es la misma: la supervivencia, la dominación y el poder.

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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

3 opiniones en “Asesinas en el techo”

  1. Me gustó este relato Luis. Muchas gracias. Buen título para un libro éste: «La supervivencia, la dominación y el poder».

    1. Hola, Omar. Sí, ese tema da para mucho debate y para pensarlo una y otra vez. Por ahora, yo me quedo con esta metáfora. Gracias por el comentario. Esto me anima a seguir escribiendo mis ficciones y opiniones.

  2. muchas veces los apellidos nos unen, las circunstancias nos separan, las muertes nos reunen por dos o tres dias pero el cariño resurge por encima de todo cuando el corazon aun late en nuestro pecho. charito

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