Antagonistas, montajes y actores de reparto

Reality Show Político

Reality Show PolíticoIndignación. «Cólera funesta que causó infinitos males… …y precipitó al Hades (infierno) muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves», dice la Ilíada en su primera línea. Cólera, pretenden que sientas. Porque en la política, en la actual, en la de aquí, se trata de conseguir un resultado, no de los medios para hacerlo.

Y La indignación es uno de ellos.

Llevarte a pensar que todo está perdido, que la suerte está echada porque no hay esperanza con dos opciones regulares y tres más que solo se les parecen. Pero lo que no adviertes es que estás repitiendo ese discurso, esa última línea, automáticamente; que, como si se tratara de programación neuro-lingüística, ese pensamiento se grabó en tu cerebro gracias a una inoculación colectiva. Mas la frase no es tuya; es parte de una estrategia planeada, quizás desde hace un año o dos.

Piénsalo.

¿Hace cuánto que los ‘panelistas’, ‘analistas’ y ‘columnistas’ de los medios repiten ‘es que no hay con quién’? ¿Hace cuánto se da por sentado que el gobierno dura ocho y no cuatro años?

¿Tan ingenuos somos?

Sí, desde hace mucho. Desde que dejamos de pensar críticamente; desde que nos ocupamos de la forma antes que el fondo (la dieta, la decoración, los viajes, la rumba, el fútbol, la ropa, las fotos…). Es nuestra fase de la ceguera, la que –ojalá– anticipa la lucidez.

El montaje, el verdadero, está en el fondo, detrás de escena, donde los actores se preparan. Quienes ven y hacen teatro saben que al camerino arriba a un ser humano –como tú, como yo– y en el escenario se transforma en otro: un personaje, una ficción, que responde a un guión, un texto dictado por un autor.

Y a nosotros nos convirtieron en personajes terciarios.

Porque nuestro papel es simple: el del actor de reparto que aparece en la primera escena solo para recibir un balazo y dar a entender la crueldad de un antagonista o la dureza de un protagonista; no afecta la trama para nada, pero sin él es imposible contar la historia. Nuestro balazo es la desilusión; la división electoral (candidato 3, candidato 4, candidato 5, voto en blanco, voto nulo y abstención). Divide trece millones de electores en tres partes desiguales; la tercera un veinte por ciento mayor.

La primera para el candidato 1.

La segunda para el candidato 2.

La tercera se reparte entre las seis opciones restantes.

Ecuación sencilla que legitima a los primeros y condena al olvido a los demás. Piénsalo dos veces. Olvida sentimientos. Analiza lo pragmático. Ahora eres ese personaje de ‘Niebla’ de Unamuno quiere rebelarse contra su autor y evitar su muerte, o el Neo que busca quebrantar la Matrix. Dos protagonistas que, creyendo evitar su destino terminaron cumpliéndolo.

¿Y si esa tercera parte no se divide en seis?

Decía un personaje de David Lodge que la diferencia entre una tragedia y una comedia es solo el final. Si es feliz, es lo segundo; si es catastrófico es lo primero. Y aunque la trama parezca encauzarnos a un desenlace fatal, siempre cabe un último punto de giro, un timonazo que –como en un percance del tráfico– evita el accidente. «Divide y vencerás», pensaron ellos, los poderosos que gobernaron durante el Frente Nacional, mientras el pueblo se convencía de haberlos elegido (la ficción jamás –hasta ahora– superada).

La tercera parte –si no se divide en seis– sería ese punto de giro que nos lleve de la tragedia a la comedia; que nos saque de la ‘Matrix’, de la ‘Niebla’, y de terciarios nos convierta en protagonistas de un ‘Ensayo sobre la Lucidez’, o de una obra de Pirandello. Cabe recordar la sentencia de uno de sus ‘Seis personajes en busca de autor’: «El drama está en nosotros, somos nosotros; y estamos impacientes por interpretarlo tal y como por dentro nos urge la pasión».

Golpea la puerta de tu vecino. Ponte de acuerdo con él y repite esta acción a gran escala. Si no cometemos errores, al final de esta historia, habremos dado una gran lección. Habremos sido partícipes de la comedia y no víctimas de la tragedia.

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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

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