Adiós, abuelita

El último recuerdo que tengo de mi abuela María Deifilia fue el de ser testigo de su olvido. Sucedió en la mesa del comedor de la casa de mi tía Amparo, a la hora del café, cuando hablábamos sobre La Victoria. “Y usted, que veo sabe tanto del pueblo, ¿tiene familia por allá?»-me preguntó. 

Durante los últimos años había ido perdiendo algunos recuerdos –mas no la memoria– y mi rostro ya no le resultaba familiar. Sabía, eso sí, que tenía un nieto con un nombre igual al mío. “Estos últimos años de mi vida parece que fueran un sueño –me dijo– siento como si estuviera viviendo una ilusión, como si esta no fuera mi vida. A veces no me creo que estoy aquí sentada y, después de verlos a todos, me pierdo pensando en mi mamita y en cuando yo era chiquita”.

Su energía ya no era la misma de cuando vivía en la casa azul y vino tinto de San José Bajo. Entonces, su voz se oía desde la entrada de la finca (a unos trescientos metros de la casa, separada por un camino de arena en el que cabía una carreta de caballo) y seguro se la podía encontrar explicándole algo a uno de sus hijos o regañando a uno de sus nietos, utilizando una retahíla interminable de palabras que apenas dejaba espacio para preguntas. Era estricta, exigente y detestaba la holgazanería. No podía ver a nadie desocupado (excepto sí eras muy niño: ahí tenías derecho a jugar en el campo) y se encargaba de asignar una tarea a cada uno: desgranar maíz, acarrear agua del pozo, separar papas, llevar agua a las vacas: todo dependiendo de la edad y la fuerza de cada uno. Sin embargo, durante esa tarde ipialeña, habló con menos fuerza. Sus palabras difícilmente llenaron la habitación del comedor, hizo más pausas y fue menos elocuente.

–Sí, usted es uno de mis familiares– Le dije.

–¡Eh!– respondió.

Mi papá hizo las veces de interlocutor para contarle quién era yo y por qué estábamos allí. Estos últimos años –viviendo alejado– también fueron difíciles para él.

Tiempo atrás, los fines de semana, solíamos ir a pasar mañana y tarde en la casa del campo. Nuestros padres iban a visitarla y nosotros, los primos, improvisábamos juegos, escondidas, excursiones por el monte, caminatas, carreras y demás. Trepábamos árboles, comíamos motilones, perseguíamos gallinas, nos ganábamos regaños bien merecidos por tumbar alguna mata, ensuciar las paredes, caminar con las botas llenas de tierra adentro de la casa o dejar algún desorden. Mi abuela, entretanto, iba y venía, ya fuera con leña del monte, con trastos para lavar, con maíz para gallinas, papas para pelar, leche para cuajar…

Quienes nos quedamos en su casa durante algunas vacaciones –con la excusa de pasar unos días trabajando en el campo– pudimos ver que en las mañanas se levantaba antes que el sol, limpiaba la casa y preparaba el primer café para convidar a todo el que pasara por allí: trabajadores del campo, hijos-tíos que iban a visitar sus vacas acompañados de sus hijos-nietos; conocidos que llegaban a enviar algún recado al pueblo con el transportador de leche (el conductor de la carreta de caballo) de turno y demás. Por eso el pan nunca fue suficiente y el café se rendía con arvejas que ella tostaba en una paila de callana y que luego ponía a moler al  voluntario o desocupado del momento. La leche, en cambio, nunca faltó. Tanto que, de cuando en cuando, enviaba algunos litros hasta la casa del pueblo, donde mi mamá los recibía con gratitud.

Una vez la vi sentada en una silla verde de madera, situada en el patio, arreglando una prenda descosida. “¡Vámonos! Donde no haya justicia, ni leyes ni…”, cantaba mientras pasaba la aguja por cada lado de la tela. Hacía su música para romper la soledad en una de esas tardes apagadas, cuando no transitaba gente por allí. Tiempo después supe lo mucho que le gustaba la música, cuando me hablaba de cómo algunos de mis tíos, por parte de madre, tocaban el violín y la guitarra. Sonreía hablando de canciones. Pero sobre todo, disfrutaba contar anécdotas. Casi nunca relataba una historia sobre algo que no hiciera reír o tuviera algún detalle curioso que destacar. Parecía que hasta las recopilara en su memoria de manera sistemática porque, a sus viejas historias, poco a poco, se iban sumando las travesuras que no tuvieron buen final, realizadas por alguno de nosotros.

Odiaba las peleas. Nos repetía una y otra vez cómo había que evitarlas; que lo importante era hacer buenos amigos; no negar un favor ni rechazar nunca el plato de comida que se nos convidase. “Eso hay que saber comer de todo”, decía. “Y así mismo, hay que aprender a hacer de todo porque todo sirve en esta vida, menos a robar”, añadía.

Tal vez por eso haya querido morir en paz. “Yo quisiera morirme como mi mamita que se fue apagando poquito por poquito como si se durmiera. Así, sin sufrimiento”, le dijo a mi mamá antes de su muerte. Y, según nos contaron, la tarde-noche del seis de agosto, después de tomar la sopa, cerró los ojos (tal vez) y dijo adiós sin musitar palabra. Se durmió para siempre y se habrá unido a su amor que se fue hace veintiún años, en otro día de agosto.

 

 

 

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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

11 opiniones en “Adiós, abuelita”

  1. GRACIAS QUERIDO SOBRINO, POR ESCRIBIR ESTAS HERMOSAS NOTAS SOBRE MI MADRE , NOS DEJA UN LEGADO , QUE SE CONTARA DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN .ES LA URSULA IGURAN DE 100 AÑOS DE SOLEDAD

  2. ¡Muy buen escrito primo! espero que sigas redactando más sobre la victoria, al leer esto los recuerdos vuelven. Esperare con muchas ansias el siguiente texto que hable de la familia o la victoria.

  3. Gabriel excelente historia me hiciste volver a mi hogar de juventud que fue increiblemente feliz donde vivi con mama
    Mil felicitaciones, vuelve por Guachucal mas temprano

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