El Hombre Sonriente

Un vaso humeante de café cayó sobre la mesa trayendo el recuerdo de un hombre, de su sonrisa barbuda e imborrable.

Una corriente de aire frío disipaba el vapor y movía las hojas de las plantas en la terraza. Ese movimiento de ritmo largo, como la ‘La Mañana’ de Grieg, trajo el recuerdo de una reunión de años atrás, en una copia de ese mismo café, en otro punto de la ciudad. Era una entrevista como cualquier otra, la típica al experto que conoce el tema de moda en el empresarismo, el que dice ‘hay que pensar fuera de la caja’ y ese tipo de cosas.

El Hombre Sonriente dio su punto de vista. Trabaron amistad. Publicaron un par de artículos. Nada del otro mundo.

Un sorbo de café en el presente supo a una noche oscura, una calle de almas ausentes y un recodo de luz cálida en la puerta de un teatro abierto para experimentos escénicos.

El Hombre Sonriente esperaba en la puerta para saludar a los invitados:

–¡Quiuuuubo, chinazo!, no creí que viniera.

–No me lo iba a perder. Lo tenía que ver.

Un aviso anunciaba el salto a las tablas de cinco comediantes primerizos, en un escenario recién nacido en una de esas casas que habían perdido su juventud en medio del ruido de la ciudad.

Meses atrás, en Villa de Leyva, el saludo tuvo su primera toma.

–¡Quibo, chinazo!, no esperaba verlo por acá. ¿Cómo va todo? ¿Paseando? ¿Cómo anda con eso de la escritura?

–Hombre, ya sabe, paseando también. La escritura… abandonada.

–No, no, no. ¿Cómo así? No abandone, no abandone. La vida se acaba y uno no se lleva nada. No se rinda que…

Una niña arrancaba una flor que estiraba sus pétalos por encima de un pedazo de suelo en la calle pedregosa. Luego se la llevó a El Hombre Sonriente.

–Mira, papi

–¡Oh!

El Hombre Sonriente contemplaba la flor de diente de león y hacía juegos con la niña, mientras el Escritor miraba hacia el piso como el actor de una escena que espera a que la grabación continúe. El barbudo lo miró de reojo, agachando la ceja derecha y dijo:

–¿Va a estar por aquí? ¿Nos vemos más tarde?

Promesas de conversaciones informales que no están destinadas a cumplirse, sino a cerrar la comunicación. Diplomacia. Palabras vanas. Rellenos de charlas de peluche.

En la noche, el suelo rocoso tallaba las plantas de los pies y su palidez demarcaba el trayecto en un silencio estrellado. Un bar-restaurante recibía a los turistas con vino caliente, mientras la banda desconectada de músicos en retiro tocaba éxitos de los Beatles y los Rolling Stones.

El Hombre Sonriente se levantó de un mesa situada en el epicentro del sitio.

–¡Chinazo! Otra vez nos encontramos. Yo me lo imaginaba en otro tipo de rumba…

–Para nada. Me gustan los tertuliaderos también.

Recuerdos que duran el sorbo de un café. Sorbos de memorias que vienen sin razón alguna. Atan cabos. Una mesa igual en un tiempo remoto. Una planta que ondea en el fondo de una terraza presente y otra pasada. El aroma que envuelve un pequeño teatro ayer y hoy.

Terminada la función de los comediantes, hubo poco tiempo para las despedidas. Puñados de personas desconocidas merodeaban por el vestíbulo y la cafetería. Iban y venían como en una estación de Transmilenio. Todos conocían a El Hombre Sonriente pero pocos se identificaban entre sí. Pasaban apretando manos con sonrisas, algunas sinceras, otras lagartas y algunas hipócritas. Murmullos. Chistes. Saludos de coctel y frases hechas para romper el hielo.

Tan hechas como la anterior.

El Escritor y su pareja se camuflaban en esa jungla salvaje, como todos los demás.

–¡Oiga, felicitaciones!, gritó entre un matorral de gente, colando la mano por la enramada.

–¡Gracias, chinazo!, gritó El Hombre Sonriente desde el fondo, estirando la suya para un apretón.

Sorbos de tiempo. Instantáneas de conversaciones pequeñas e insignificantes fluían en cada bocado de café. A veces los recuerdos llegan de repente, sin aviso ni porqué. Amanecen o anochecen en la memoria. Despiertan con una brisa, un aroma, un sabor o el paso de un carro que levanta el agua sucia del charco y remoja el pensamiento. Así transcurrió la mañana.

Al día siguiente el Escritor oyó la noticia trasnochada en la emisora que acompasaba el trancón de la mañana. El Hombre Sonriente había fallecido el día anterior en situaciones todavía por aclarar. «Publicista se lanza a la muerte desde un octavo piso», gritaba, entre líneas, el titular.

Pensó en los instantes, en los sorbos de la memoria que corrieron con el café del día anterior. Tal vez si hubiera tenido la costumbre incómoda de la gente que dice ser exitosa, la que aconseja escribir un mensaje o hacer una llamada a un conocido diferente cada día, la noticia del día sería distinta. Recordó esas frases proverbialoides de los textos de autoayuda:  “Escríbele a esa persona que hoy recuerdas, no importa quién sea. Esto cambiará tu vida y los demás te lo agradecerán”.

Quiso ser mezquino consigo mismo, golpearse de pecho por un momento: “¿Si lo hubiera llamado… le hubiera salvado la vida…?”, pensó.

–¡Eh! ¡Pendejadas!, concluyó.

Tal vez el Hombre Sonriente estaba muerto desde el primer sorbo de café, tal vez lo estaba desde la primera vez que estrechó su mano o desde que acarició el diente de león como si se tratara de la flor más bonita del mundo.

Y recordó a su padre y mezcló las enseñanzas del viejo con las comentarios agrios de un compañero de tintos:

–La muerte es la única que trata a ricos y pobres por igual –diría el primero.

–Por eso la muerte es comunista –respondería el segundo.

Quiso olvidar el tema. Pero lo único que consiguió fue sentarse en la mesa plateada del mismo café, con su tinto americano, a leer en el periódico los detalles de la muerte de El Hombre Sonriente.

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El Hombre Sonriente. Por: Jaime Pineda

El imaginador escritor

Gabopineda-1Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras.  Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

El ilustrador

Jaime-ilustradorSoy Jaime, diseñador gráfico de profesión, pero apasionado por la ilustración y la fotografía, tareas a las que dedico parte importante de mi tiempo libre.

 

 

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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

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