El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas

Recuerdo cuando mis hermanas jugaban con unos bellos unicornios. Al principio uno, como hombre, se acercaba a ellos y los miraba de forma extraña; hasta se preguntaba si la figura de plástico compensaba su falta fálica con la protuberancia en la frente.

Con el paso del tiempo, la figura del unicornio fue adoptada por grupos de género, quienes lo tomaron como un símbolo y un indicio de sus intereses políticos, cerrando, y esto en nuestra sociedad machista, la figura del jamelgo con cuerno a los hombres.

No obstante, muchos años atrás, Borges decidió buscar el origen de los unicornios en su biblioteca infinita. Escribió varios textos y hasta un estudio. Debo confesar que yo no me hubiera enterado de esa investigación de no ser por El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas del escritor japonés Haruki Murakami. Este libro encierra dos historias, una donde un joven llega a un lugar siniestro y, para entrar, debe entregar su sombra.

Es un lugar gris, donde el invierno parece eterno. Ahí las personas realizan cosas sin sentido y él es el encargado de leer las memorias de los unicornios. Este personaje sufre en su interior, los recuerdos de su vida pasada se van borrando y él se niega a dejarlos ir. Mientras esto ocurre, su sombra agoniza como símbolo de la pérdida del ser. Esta parte del libro es una crítica a los relativismos morales y a las consecuencias del posmodernismo. Paralelo a ello, narra la historia de un matemático treintañero, quien vive en el futuro. Un futuro lleno de espionajes cibernéticos mentales, culturas subterráneas que buscan derrocar a los de la superficie. La historia se centra en los problemas del matemático, quien es alcohólico, sus relaciones no pasan de una o dos noches y su vida no tiene más esperanza que su trabajo en sí.

Esta parte del libro es una crítica a los relativismos morales y a las consecuencias del posmodernismo.

El matemático debe ingresar datos en su cerebro para crear un shuffling, el cual será utilizado en el momento indicado, aunque él no conozca las consecuencias de estos actos. Este libro no dista mucho de las otras obras del autor. Aunque parezca largo –más de 400 páginas– es de lectura constante. Yo lo llamaría un libro para prosumidores, es decir a medida que se consuma el lector irá produciendo su propia historia.

Por último, y esto lo hago porque en una de esas mañanas apacibles en donde el trabajo es agobiante, me puse a ver memes y me encontré con uno que mostraba a Murakami como el PC asiático. Cuando a PC lo nominen varias veces al Nobel, se gané algún permio serio de literatura y sea maestro en alguna institución universitaria de renombre mundial, ese día se podrá comparar con Murakami. Y si eso llega a suceder, el humilde autor de estas líneas cambiará la música estilizada por el reguetón, quemará sus bicicletas y, en vez de leer autores respetables, comenzará a seguir la filosofía de lo que hoy llaman lo urbano, o sea: “perrea mami-perrea”.

Afortunadamente, eso aún no ocurre, por lo tanto, les recomiendo este libro y todos los que se puedan leer de Murakami.

El crítico literario

Diego-Velasquez-1Soy Diego Velásquez, Comunicador social, maestro en literatura y crítico literario. Amanda de la literatura pesada, las mujeres, la bicicleta y el espíritu del vino.
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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

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