El chico que sube a Patios

Iba torciendo por la curva que lleva a la recta de las lápidas cuando sentí una punzada en el costado derecho y otra en la hendidura del hombro contrario, a tres dedos del cuello. Respiré lento.

Tragué aire con nariz y boca. Conté hasta cinco y lo solté. Luego repetí contando hasta seis, hasta siete… Cada pedalada petrificaba mis muslos y estos hervían al vaivén del aire que se extinguía. Llevaba la boca espumosa y abracé las campanas del manillar de la bici con toda la fuerza de mis pulgares.

Detrás escuché que venía el silbido del chico.

Iba con su cadencia de siempre: parado en pedales sobre una monareta pesada, con un hombro que le subía y otro que le bajaba imitando el ritmo de un merengue, del que sus rodillas marcaban el compás. Tenía los conos de pasajero instalados en el eje de cada rueda, la llanta gruesa, el piñón fijo y un freno de manzana que accionaba echando el pedal hacia atrás. El ritmo le raspaba los jeans y un morral negro galopaba sobre su espalda.

–¿Rematamos hoy también? –dijo apenas me alcanzó.

La mañana apenas abría los ojos. Los talleres de lápidas del Alto de Patios despedían ese aroma a cal reposada que se mezcla con el sofocante y agrio vapor que despiden los buses cuando aceleran para adelantar en contravía. Nos esperaba la recta más pendiente, la que es más punzante sobre el abdomen porque es el lugar en donde desembocan las rampas que sacan los primeros restos de aire y levantan el sudor en la alborada ciclística para dar paso a una inclinación todavía más sostenida.

–Voy fundido. Tengo bazo –le dije.

–¡Vamos, vamos! ¡Ánimo, ánimo! –pasó gritando un ciclista rojo, al son de una palabra por pedalada, cuando nos vio reducir la velocidad.

–Mantenga el ritmo. Respire. Lo acompaño en la recta –dijo el chico.

Cogí su rueda, es decir, me puse detrás con mi bici a pocos centímetros de la suya para seguirle el paso.

Meses atrás nos habíamos encontrado por primera vez, un domingo, a pocos kilómetros del alto. Yo tenía menos trasnochos encima, un horario más cómodo y una liquidación recién gastada en una bici de ruta y el ‘uniforme de Contador’ que me estaban dando alas para trepar la cuesta. Él venía en la monareta, con su morral negro a la espalda y unos jeans del mismo color que hasta ponían incómodo al mismo sol de la media mañana. Cogió mi rueda. Yo aceleré el paso para descolgarlo frente a la iglesia. Él se pegó silbando una champeta, me sobrepasó tarareando y subió el ritmo. Entonces me pegué a su espalda. Le iba respirando en la nuca. Hicimos relevos entre curva y curva hasta que llegamos a ‘La Esquina del Pan de Bono’, a pocos metros de la ‘Casa Doble’.

La carretera hacia el alto no tiene cruces ni semáforos. Es una subida sostenida, de inclinación media, que llega sin pausas hasta un aviso verde de carretera de los que indican el kilometraje, el concesionario de la vía y las rutas que se pueden tomar. Allí termina la subida y luego viene un descenso de pocos metros que desemboca en un peaje y una estación de gasolina a la derecha. El ascenso no tiene pausas, pero el pensamiento de quien escala sí se corta, ya porque el ciclista pierde el aire con el esfuerzo, pedalea a prisa para batir su récord personal o porque trata de competir con un desconocido cualquiera –el que alcance en el camino– por el simple gusto de emular las sensaciones de ganar un sprint. Y por eso el pensamiento, la mente –preocupada por fijar puntos de referencia en el camino, que más adelante se convertirán en amigos o enemigos según el latido del corazón y el giro que las piernas dicten porque unas veces el pedaleo no parece suficiente para llegar hasta ellos y otras veces, cuando la energía brota de las piernas, parecen acercarse– va asignando nombres sin una lógica aparente o coherente. Así aparecen nombres como ‘La Esquina del Pan de Bono’ para un localito que vende arepas y está situado en el corazón de una curva a quinientos metros de meta o ‘La Casa Doble’, a una construcción de dos pisos, que están pintando, se convertirá en un superete, y marca el punto en el que los ciclistas sensatos empiezan el remate de la llegada.

Los incautos y los talentosos, en cambio, arrancan desde ‘La Curva Empinada’ –a setecientos metros de meta– o desde la ‘Puerta de la Iglesia’.

Aquella vez el chico apagó su champeta en esa última curva, en ‘La Casa Doble’, y se movió intentando ponerse a mi izquierda. Yo quise ser listo y arranqué antes de que estuviéramos hombro con hombro, como quien pretende dar un ataque sorpresa.

–¡Uy!, alcanzó a decir.

Y parado en pedales arrancó con un ritmo de molinillo. Debió de dar unas diez rotaciones antes de sentarse en el sillín, luego se encorvó sobre el manillar y se agarró del travesaño tipo palillo de su vieja monareta –despintada en el centro, oxidada en el triángulo trasero– y avanzó con el estilo de un contrarrelojero, mostrándome la espalda desde ‘La Casa Doble’ hasta el sitio en donde se para el fotógrafo de que los domingos vende instantáneas a los ciclistas que, durante el último acelerón del ascenso, alcanzan a hacerle la seña para ser retratados.

Cuando llegué a la estación de gasolina, me apretó la mano.

–¿No le estorba el jean para rematar? –le dije jadeando.

–Ya es la costumbre. Siempre subo así.

–Con un pantalón de ciclista o una pantaloneta normal sería todavía más rápido.

–Supongo. Pero es que tengo que ir al taller de mi papá a ayudar, por eso voy vestido de trabajo y llevo toda esta herramienta –me indicó el morral de su espalda con el pulgar derecho.

–¿Trabaja por acá?

–Sí. En el taller de bicicletas que hay allí después del CAI, pero me gusta aprovechar para subir hasta acá y luego bajo.

Nos volvimos a encontrar varios domingos y algunos amaneceres. El chico siempre hacía el relevo cuando me alcanzaba. Luego rematábamos en la llegada y él siempre salía victorioso.

Pero esta vez casi no aceleró ni me obligó a hacer el relevo. Me veía  llevarme la mano al abdomen una y otra vez y desaceleraba o sostenía el ritmo cuando me escuchaba respirar lento y despidiendo un jadeo fuerte que competía con el ruido de los carros solitarios. Puso un paso lento por un momento para darme moral, para hacerme creer que íbamos mejorando el ritmo. Luego se abrió a la izquierda y, mientras avanzaba rozando mi hombro me dijo:

–¿Cómo va? ¿Ya mejor?

–Nada

–¿Qué le pasó? Usted nunca pedalea así…

–Días difíciles

–Me imagino

Y me llevó a rueda, mientras el amanecer nos saludaba en el camino hacia la cima. Dejó pasar a los viejos pedalistas que suben al ritmo de un radio colgado en el manillar. Respondió con silencio a sus arengas para que aceleráramos el paso y a la sonrisa de satisfacción de todo aquel que nos rebasaba.

Así de desalmada es la subida: nuestro padecimiento es la alegría de otros para quienes nos convertimos en un logro, en una victoria: “hoy, por fin subí más rápido que el Allez, o el Trek, o el de la bici negra. Hoy no le pude seguir el paso al Café de Colombia”, decimos todos haciendo cuentas de triunfos y derrotas en el palmarés de nuestras mentes. Cada uno tiene sus etiquetas, basadas en la vestimenta, el modelo de bicicleta o cualquier otro detalle, para diferenciar a los demás aficionados a la subida. Cada uno tiene días en los que flaquea. Cada uno tiene momentos en que las punzadas sobre el abdomen, el exceso o la falta de saliva y agua, el dolor en las piernas o los estragos de una mala noche se llevan las fuerzas de este mundo a otro y triplican el tiempo de la subida. Hoy uno sonríe mientras otro agacha la cabeza en el manubrio. Mañana será al revés. Pero pocos tienen de amigo a un chico de quien ni siquiera saben el nombre y que está ahí para divertirse lanzando un sprint cuando las fuerzas están de fiesta y que se viste de gregario –de manera inexplicable–, cuando el aire apenas es suficiente para mantenerse aferrado a los pedales de la bicicleta.

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El imaginador escritor

Gabopineda-1Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras.  Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

El ilustrador

Jaime-ilustradorSoy Jaime, diseñador gráfico de profesión, pero apasionado por la ilustración y la fotografía, tareas a las que dedico parte importante de mi tiempo libre.
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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

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