Reminiscencias Navideñas

Aclaración Necesaria

Con motivo de la pasada Navidad 2016 les compartí a mi esposa, a mis hijos, a sus cónyuges y a mis nietos, mis recuerdos navideños de los años de mi infancia y adolescencia, con el título de Reminiscencias Navideñas.

Con base en algunos pasajes de la Primera Parte mi hijo Jaime realizó una magnífica ilustración que ha compartido en su facebook y varios de sus seguidores le han solicitado que publique también el texto de mis Reminiscencias. Para complacerlos la comparto con quienes tengan interés en leer mi relato.

Primera Parte

Quiero compartir a ustedes mis recuerdos navideños desde cuando tengo memoria de ellos, recuerdos muy escasos por cierto, de mis tempranos años cuando vivía con mis padres feliz y despreocupado por allá en un rinconcito de La Victoria, más concretamente en lo que ahora es la Vereda San José Bajo, en el Municipio de Ipiales, y que entonces era un lugar de lo más parecido al paraíso terrenal.

Y digo muy parecido al paraíso terrenal porque vivíamos en medio de un bosque con todo su esplendor, lleno de vida animal y vegetal (y si frutos prohibidos), donde por la madrugada nos despertaba el canto de una multitud de aves y al anochecer nos asustaban los gritos perturbadores de los cuscungos que desde todos los alrededores del bosque no se cansaban de repetir su monótono: ¡cu!, ¡cu!, ¡cu!, ¡cu!, ¡cu!…, en un concierto de voces graves y agudas que para los niños como yo tenía algo de misterioso y aterrador, y nos producía espanto, especialmente el grito de un cuscungo de voz más grave y ronca del que decía ser dueño mi tío Octaviano y con el que nos amenazaba hacernos llevar al monte cuando no obedecíamos algo. Parecía ser el búho más grande, más viejo y aterrador de todos.

Bueno, pero concretando sobre el tema de la Navidad diré que aunque mis padres, abuelos y bisabuelos eran católicos y apostólicos y rezábamos el Rosario todas las noches, de la Navidad no se hablaba con tanto entusiasmo y alarde como se hace ahora, y más bien de niño había escuchado poco del tema en mi casa. Se hablaba de la Nochebuena que nos recordaba el nacimiento del Niño Jesús, pero nada más, nada de esperar regalos, ni fiestas ni tanto bullicio. Se pensaba más bien en el bienestar de la familia en esos días, en disfrutar de ciertas comidas y de alguno que otro plato especial que se esperaba con ansiedad.

Como vivíamos un poco lejos del pueblo y los caminos por entre el bosque eran un completo lodazal, no íbamos ni a las Novenas, ni a las vísperas de Navidad, ni a la Misa de Medianoche en el templo parroquial, como tampoco hacíamos la Novena de Aguinaldos en la casa, ni el pesebre familiar; además para qué pesebre, si donde vivíamos era como un pesebre, con muchos árboles de Navidad naturales, ovejas, una que otra vaquita, la yunta de bueyes, la multitud de aves domésticas y silvestres, uno que otro tigrillo o un Pimango que salían a llevarse las gallinas, y… nosotros de pastorcitos. Tampoco sabía yo de villancicos, porque como no teníamos radio y en ese tiempo nadie tenía uno en mi pueblo, no había donde escuchar las canciones de Navidad; tampoco en la parroquia había coro en ese entonces para que en la temporada navideña entonara villancicos, porque como mi pueblo era tan reciente faltaban muchísimas cosas. Tal vez del primer villancico que me acuerdo como tal era uno que cuando yo tenía unos nueve años nos enseñaban en la parroquia los domingos después de la Misa Mayor, siguiendo las instrucciones que daban en Radio Sutatenza, y que decía así: “Inocentes pastorcitos, los querubes en el cielo gloria cantan”, etc., y no más hasta que me fui al Seminario. Tampoco en la escuela nos enseñaron ningún villancico.

Otra cosa que no ha dejado de sorprenderme es que parece que en esos tiempos de mi lejana infancia el Niño Jesús no acostumbraba traer regalos a los niños del campo, o por lo menos a mí y a mis dos siguientes hermanos menores casi nunca nos trajo nada. Tal vez cuando tenía unos cinco años, y que de casualidad salimos al pueblo a unas vísperas de Navidad, mi papá me llevó hasta la casa parroquial donde me dieron una ficha y con esa fuimos hasta la plaza donde habían arreglado un Árbol de Navidad grande hecho con una rama de monte y adornado con bombas coloridas; allí entregamos la ficha y el encargado del árbol cogió de él una ovejita de un material como plástico y me la entregó en nombre del Niño Jesús, y ese fue tal vez mi primer regalo de Navidad que nunca lo olvido, aunque la ovejita se me perdió pronto. En otra Navidad en la casa de mis abuelos paternos donde siempre llegábamos cuando salíamos de la finca, habían hecho el pesebre, y una de mis tías había colocado en el pesebre un pañuelo y un pan casero muy delicioso que según nos dijo nos había traído el Niño Jesús a varios de sus sobrinos. Co se puede ver escasos regalos y nada complicados porque el Niño Jesús no había caído todavía en la tentación del consumismo ni en el interés comercial de la Navidad que ahora lo tienen con tanto compromiso de regalos sofisticados y costosos para mantener la fe interesada de los niños de hoy, regalos que más bien se los encargan ahora al Papá Noel, un personaje que lo asociaron con los regalos costosos y la tendencia comercial de la Navidad. Para nosotros nada de juguetes, tal vez por eso me gusta ese villancico que se titula “¿Mamá donde están mis juguetes”.

La mayoría de los años de mi niñez pasábamos la nochebuena y el día de Navidad en la finca, aunque yo deseaba poder asistir a esas celebraciones en el pueblo, pero ante la imposibilidad de hacerlo nos contentábamos con estar atentos a los estallidos de la cohetería y a las luces de los voladores. Cuando en la tarde del 24 de diciembre escuchábamos reventar una “guasca” (estallido continuo de cohetes con tronantes intercalados), mi mamá decía: “ya está llegando el traslado del Niño Jesús al templo”; y si era a la media noche al iniciar el 25 de diciembre decía: “Ya están en la Elevación de la Misa del Niño”. Lo que sí era costumbre para cada Navidad era que en la casa se preparaban empanadas o tamales con café para la Nochebuena y para el resto de la temporada Navideña Champús y dulce de calabaza con cuajada. Lo del champús no podía faltar y se preparaba con anticipación y en cantidad abundante para convidar a los que llegaban a nuestra casa.

Cuando nos matricularon en la escuela primaria en mi pueblo donde cursé los tres primeros grados, recuerdo que ya hicimos el pesebre en mi casa, pero durante los dos primeros años el Niño Jesús tampoco nos trajo nada; solo en la Navidad del tercer años, para sorpresa de mis hermanos menores y yo, encontramos que nos había traído una porción de confites que había dejado por la noche en el pesebre; tal vez sería para animarme más porque al año siguiente yo me iba a ir para el Seminario de Sibundoy (Putumayo) a continuar mis estudios de primaria y luego seguir preparándome para el sacerdocio, deseo que finalmente no se cumplió pues terminé de padre de familia con media docena de hijos maravillosos. Debo decir que cuando mis hermanos menores y yo encontramos en el pesebre los confites que nos había dejado el Niño Jesús en esa Nochebuena de mi último año antes de irme al Seminario, nos sentimos los niños más felices del mundo, aunque mi hermano Anselmo y yo sospechábamos que tal vez era mi papá quien los había colocado por la noche en el pesebre, sospecha que luego se encargaron de confirmármela en el Seminario los Padres Capuchinos.

Finalmente a los once años de edad me alejé de la casa paterna por un largo período de tiempo, para ir a estudiar al Seminario, con la nostalgia de dejar a mis padres y a mis hermanos a tan temprana edad, nostalgia que me hizo derramar lágrimas de pena al ver llorar a mi mamá en la mañana del día que me despedí de ella. Como dijo el poeta colombiano José Joaquín Casas en su poema  “La torre Parroquial”:

              Fue mi primer adiós, del alma mía  

              con tal ternura desbordó el cariño,

              tal surco de dolor abrió ese día…

 

              Que hoy a las puertas de la edad cansada

              me hacen llorar con el amor de un niño,

              ese adiós, ese aroma, esa mirada.

 

Las Navidades siguientes y durante seis años las pasé en el Seminario de Sibundoy donde estuve interno a cargo de los Misioneros Capuchinos y nunca fui a mi casa en unas vacaciones de Navidad. Las impresiones de las Navidades de esos años serán el tema de una Segunda parte de mis Reminiscencias Navideñas.

Hasta pronto.

Gilberto Oswaldo Pineda E.

relatogilbertic

El autor

gilberto-pinedaGilberto O. Pineda E. Nació en La Victoria (Ipiales) en 1945. Fue director de la Escuela Rural de Varones La Victoria desde 1966 hasta 1973. Distinguido por la Alcaldía de Ipiales en 1970 como uno de los mejores maestros de primaria del municipio. Fue rector del Colegio Mixto ‘La Victoria’ (Ipiales), desde 1982 hasta 2001. Autor del libro ‘La Victoria y el Sur-Oriente de Ipiales. Aspectos Históricos y Geográficos’.

El ilustrador

Jaime-ilustradorSoy Jaime, diseñador gráfico de profesión, pero apasionado por la ilustración y la fotografía, tareas a las que dedico parte importante de mi tiempo libre.
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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

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