Vibraciones

El mug de café dio uno, dos, tres saltos milimétricos y la mesa empezó a tiritar a ciento veintiocho vibraciones por segundo. Tres gotas saltaron y dibujaron gusanos marrones sobre las páginas del libro de Diana. “¡Otra vez el vecino”, pensó.

Hubiera podido ir a golpear a la puerta de la casa del susodicho, verlo salir con sus tenis blancos de lengüeta afuera –una talla más grandes de lo necesario–, con su camiseta blanca estampada –bamboleándosele como una pollera desde la cintura hasta los muslos–, con su cachucha medio puesta –la visera hacia el lado derecho–, y con una barba de tres días. ¿Y luego qué? En el momento en que cruzaran miradas sería imposible pedirle que le bajara la intensidad a los bafles del equipo. Él no entendería lo que ella le estaría señalando. Además, ¿para qué hacerlo? A ella solamente le bastaba con hacer lo de siempre: dejar de leer sobre la mesa liviana de patas de acero y superficie de tríplex y cambiarse al escritorio pesado, el de cedro, que había heredado de su abuela. Ese no temblaría ni aunque por la calle del frente pasaran rodando cinco elefantes.

Lo que sí le dolía, en cambio, era que el libro se hubiera estropeado y, para colmo, con esas gotas de café que tienen la facultad de filtrarse por una hoja y pasar a la siguiente y a la siguiente y así hasta el infinito, o hasta que alguien levante las páginas mojadas y las sostenga separadas durante un cuarto de hora. Eso sí era para estar enojada. Eso sí hubiera ameritado salir a perseguir al vecino de los tenis rimbombantes, lanzarle el vaso de café como si fuera una pelota de béisbol y acertarle en pleno pecho, esperando que la mancha se quedara allí, prendida para siempre, como un estrago más de los que su equipo de sonido iba dejando cada sábado en la mañana.

“¡Equipo de sonido!”, imaginó. Tal vez ese era un concepto demasiado elegante para un conjunto de torres negras, vibrantes, con incrustaciones de líneas y de círculos brillantes color rojo metalizado, más parecido al traje de un power ranger de feria que a un aparato dedicado a reproducir supuestas obras de arte. Porque, hasta donde le habían dicho, la música era un arte. ¿Pero qué arte podría tener un vecino que ni siquiera adivinaba la orientación correcta de una simple cachucha? Imaginó, entonces, la música que llenaría los oídos de su vecino. Sería igual a la pinta que traía todos los días: desgarbada, sucia, trajinada y con elementos mal utilizados. ¡Cuánto mejor era no tener la capacidad de oírla! Al fin y al cabo, debía de ser una música que tendría el sabor de un café al que le han caído una o dos cucharadas de sal en lugar de azúcar.

La mesa pequeña se movía hacia la derecha, caminando al mismo ritmo de una tortuga. La vecina del lunar en la frente, la del otro lado de la calle, en cambio, corría como si huyera de un incendio: iba de un andén al otro, hablando sola, tal vez en voz alta, tal vez quejándose del vecino, pues tampoco parecía hacer muecas de estar cantando las canciones de Tenis-grandes. Sí, ese sería un buen nombre, pensó: Tenis-grandes. Al fin y al cabo, lo único que no se cambiaba eran esos tenis y, de hecho, cada vez que se lo cruzaba en la tienda del barrio –cuando lo veía salir de allí cargando una lata de atún, dos de salchichas, media libra de queso, un paquete de jamón y otro de arepas– de esos tenis salía un olor a trajín, a calle, a bus, a caucho, a cigarrillo, a trago y a flojera. Porque la flojera tenía olor: el sudor del que no suda porque no hace lo suficiente.

La policía llegó al rato. Dos hombres. Cada uno era un par de palillos que colgaban de una esfera verde por delante traslúcida. Dos caras inmutables. Un gesto que claramente decía: “qué mamera esta gente. ¡Cómo si nos importaran!”. Si supieran leer un rostro como ella tenía que hacerlo a diario –imaginó Diana– lo último que harían sería llamar a la policía. Al fin y al cabo, era evidente que los hombres verdes veían la justicia como el trámite de atender a una chismosa de barrio lo más pronto posible para evitar que se armara un lío, que las quejas llegaran a las emisoras locales y como el paso necesario para marcharse triunfales a casa, lo más pronto posible, como si solo eso les valiera para justificar el deber cumplido. No, definitivamente los policías, al menos los de este país, no eran hombres de acción. “¡Si es que basta con medirles la panza!”, reía a veces. A la acción pasaban muy de vez en cuando, generalmente antecedidos de la pregunta: “cuénteme, oficial. ¿En qué puedo ayudarle?”, y solamente cuando tal expresión venía acompañada del movimiento de una mano que se introduce en un bolsillo. Ese donde se encuentra la billetera. Así, de hecho, se había resuelto más de una vez el pleito entre Doña Lunar en la Frente y Tenis-Grandes. Los Hombres Verdes se iban sonrientes, la señora terminaba guardada en su casa y las vibraciones de las paredes y de la mesa de patas metálicas aumentaban con el paso de las horas.

Un amigo suyo, Alexander, le había dicho que se trataba de un problema sin solución, “en tanto no hubiera más testigos o peticiones ciudadanas que coadyuvaran la denuncia y soportaran el hecho”. Sí, lo había descrito así, con esa precisión de abogado estrenando título. Recordaba haber leído cada sílaba en sus labios. Y la verdad era que en el barrio apenas había quien llegara a molestarse. Además de Doña Lunar en la Frente, por mucho se quejaban un viejito cabeci-blanco de chanclas y bastón, el de la casa de la esquina, y una señora pelipintada que vivía con dos niñas tan rojizas que su piel pedía a gritos una mano de bloqueador solar. Al viejo nadie le creía porque, según su amigo, vivía más dormido que despierto y así le iba mejor. Y la pelipintada no solía permanecer siempre en la cuadra durante las mañanas de sábado, horas en que se alcanzaba el mayor índice de vibración. En el resto de la cuadra, ninguno oía. Por eso ella, además de la vendedora de bolsos de la otra esquina, la profesora de español, el pintor de murales, la administradora de supermercado y el contador, simplemente se movían de silla o de mesa, cada uno en su respectiva casa.

Vibraciones, quejas, policías, bolsillo y dinero: esas eran las mañanas de sábado y venían acompañadas del olor a trago amanecido en la casa de al lado.

Horas más tarde salió a comprar un pedazo de pizza para almorzar. La pidió en el puesto callejero que quedaba dos cuadras arriba; fue hasta allí, hizo la seña de siempre y recibió una porción de la mexicana recién horneada. Se la entregaron envuelta en papel aluminio, dentro de una bolsa rayada. Al volver, giró en la esquina y enfiló a caminar por su cuadra cuando vio a una docena de personas discutiendo en la mitad de la calle. Parecía como si se hubieran reproducido en una mañana. Pero las caras que había allí no le resultaron nada conocidas: un hombre de gafas enormes, una joven –quizá universitaria– que traía una toalla en la cabeza y olía a jabón de avena y que, de vez en cuando, se abrazaba a un muchacho que tomaba fotos con una cámara y, además, otra decena de personas que tenían los mismos ojos rasgados de Dona Lunar en la Frente. Esta última la tomó del antebrazo y la jaló con fuerza hacia el centro de la discusión. Empezó a decirle algo que no comprendía. Vocalizaba, sí. Manoteaba también; pero se movía tanto de un lado al otro y le daba la espalda tantas veces que costaba trabajo seguir el movimiento de sus labios. Luego, más gente brotó de las puertas, de la esquina siguiente, de los carros y de las motos que se habían parqueado al lado del andén. Formaban una pelotera que impedía el paso del oxígeno e inundaban el aire con gotas de saliva y alientos que olían cebolla, a grasienta salsa rosada, a empanada con ají y arroz freído en ajo. Todos vocalizaban como perros rabiosos. Todos manoteaban como chimpancés volando entre uno y otro árbol. Y lo peor es que sentía, por la forma como arrugaban la frente para acentuar la mirada, por los toqueteos que recibía en el hombro y en los codos, que parecía como si esa masa de gente se hubiera enojado con ella porque no les daba ninguna muestra de estar de acuerdo con lo que trataban de decirle o porque todos parecían esperar un poco de comprensión de su parte.

“¿Qué es lo que les pasa?”, pensó. “Si se esforzaran un poquitico por hacerse entender…”

–¡Usted que debería ser la interesada! –le entendió a la joven Olor de Avena– ¡Es que vive al lado!, leyó en sus labios.

Y por un momento deseó tener la capacidad de bajarles el volumen así fuera por un momento. Que supieran cómo se sentía. Para ella, al fin y al cabo, en ese momento todos lucían como un grupo de títeres a quien alguien les mueve la mandíbula. Veía caras, enojo, ira, desacuerdo, rabia, indignación rodeando a la desidia de Tenis-Grandes en la mitad de la turba. Los Hombres Verdes aparecieron nuevamente y esta vez eran cinco. Se abrieron paso entre la multitud, agitando bolillos y derribando personas que caían como si fueran ramas cortadas por un machete. Y sintió lástima por ellas pero también satisfacción porque, cuando todas corrieron hacia los andenes y las casas, ella pudo seguir hasta su puerta, entrar en su casa y sentarse a comer su pizza mexicana y continuar son sus días sordos en su escritorio de cedro a prueba de vibraciones.

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El imaginador escritor

Gabopineda-1Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras.  Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

El ilustrador

Jaime-ilustradorSoy Jaime, diseñador gráfico de profesión, pero apasionado por la ilustración y la fotografía, tareas a las que dedico parte importante de mi tiempo libre.
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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

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