Recuerdos de sobrino

A mi tío Carlos Anselmo le gustaba resolver crucigramas. Durante los meses que viví en su casa me había contado que algún día le gustaría editar un diccionario para crucigramistas.

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A mi tío Carlos Anselmo le gustaba resolver crucigramas. Durante los meses que viví en su casa me había contado que algún día le gustaría editar un diccionario para crucigramistas. Me mostró un cuaderno de esos que solían traer 100 hojas amarillentas y las cubiertas de color tostado, en el que había las páginas en conjuntos, marcados, cada uno, con una letra del abecedario. Escritas a mano, y organizadas alfabéticamente, se enlistaban las definiciones más comunes que suelen aparecer en los crucigramas como “Río de Europa Central que nace en la Suiza Oriental”, “antigua lengua provenzal” –o algo por el estilo–, con sus correspondientes respuestas al frente. El proyecto, sin embargo, no prosperó. Suele suceder con las personas entregadas al hogar y la familia, como era mi tío.

Hace unos días nos reíamos con Juan, mi hermano, comentando que tanto a él como al otro Carlos, nuestro hermano mayor, les gusta mantenerse haciendo arreglos en su casa: un año se dedican a dirigir la pintura de paredes y fachadas; al siguiente, componen el jardín delantero o trasero; luego viene la adecuación de las terrazas, las mejoras en la cocina, el embellecimiento del patio o la reorganización del estudio. Así, los visitantes experimentamos, cada año, que llegamos a una nueva casa.

La vida suele ser como esos paisajes de montañas multicolores, divididas en parcelas, que abundan en Nariño. Cada parcela es un recuerdo, pero la montaña es bella no por cada división, sino por su conjunto. Sin embargo, es difícil componer la imagen de la montaña para quien no la ve desde lejos, sino estando parado en la mitad de una de las granjas. Eso nos pasa con las personas: cada uno conoce una parcela, una dosis de recuerdos que junta con los demás para tener una imagen completa de ellas. Tal vez por eso los duelos se llevan mejor cuando son colectivos y hay menos catarsis cuando estamos solos. De modo que cada actividad, cada momento del día, va trayendo un recuerdo más, como si el alma del ausente quisiera materializarse en una cascada de memorias para recomponer su imagen en el corazón del doliente.

Ayer, por ejemplo, cuando servía una porción de helado recordé una tarde de mi infancia en que mis papás nos mandaron a Jaime y a mí a la casa de mi tío, mientras ellos hacían alguna diligencia en Pasto. Llegamos pasado el mediodía y el hambre hacía figuritas en el estómago de los tres. Mi tío abrió la nevera y vio que apenas había un plato de sopa y un litro de helado preparado en casa. Estuvo un silencio contemplado el interior de la nevera por algunos segundos. Miró de reojo hacia el lado derecho, donde estábamos nosotros y preguntó: “¿quieren helado?”

A nosotros se nos iluminó el rostro con una sonrisa y dejamos que nos sirvieran un platado a cada uno. Era la primera vez que almorzábamos helado y, durante días, no cambiamos esa tarde por ninguna otra. Mi tío tampoco lo haría, pues logró quedarse con el plato de sopa.

Amanece. Enciendo el radio y recuerdo que mi tío me heredó el vicio de levantarme con las noticias de la mañana y que ese vicio se me quitó cuando Juan Gossaín se retiró de RCN. Nunca le pregunté qué sintonizaba él después de dicho acontecimiento, pues suele ser uno de esos detalles que carecen de importancia durante la vida, pero que pesan más tarde, durante la muerte. Y si miro de reojo hacia mi mesa de noche me choco contra una edición de ‘La Historia Interminable’ de Michael Ende, una novela infantil que él me recomendó alguna vez.

–El libro está bueno. Es muy imaginativo y mucho mejor que las películas. Está escrito en letras verdes y rojas, dijo.

–¿Cuáles películas?, pregunté.

–Esas de Historia Sin Fin.

Hay personas que dejan huella en nosotros, pero a veces ni nos damos cuenta. Las llevamos todo el tiempo, como las pecas de mi rostro, por ejemplo, pero jamás somos conscientes de que están allí. Luego salen a flote, como esos días en que nos detenemos durante más tiempo en el espejo para raspar la barba. Aparecen en la biblioteca con la forma de la copia de un libro –El Mago Merlín, de Robert de Boron– o camufladas en medio de una opinión durante un debate literario sobre el Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, dos libros que mi tío me prestó, cuando pasé por su casa.

Y luego tratan de caer aquí, en el texto más desordenado que he escrito, como piezas de un rompecabezas que no encajan en el borde que debería corresponderles. Intentan armar esa figura a solas, de emular el luto colectivo en un estudio lleno de libros, mientras Agustín practica su sonrisa de bebé cuando pasa por el pasillo en brazos de mamá.

Es un momento en que el corazón se parte en dos, dejando una mitad para reír y otra para suspirar, siguiendo las descripciones de las baladas románticas que mi tío escuchaba a todo volumen en las tardes de junio de 1999, cuando todavía me trataba de vos. Años más tarde pasaría al ‘usted’ que en Nariño significa lejanía y que suele aparecer cuando la falta de contacto con las personas se lleva la confianza.

Será difícil, a partir de ahora, abordar un crucigrama dominical sin pensar en que el corazón de mi tío se detuvo resolviendo el del domingo 22 de octubre de 2017; en la impotencia sentida esa tarde-noche en que los intentos por acudir a su funeral fueron en vano; en las respuestas que di a las preguntas que formulaba la familia de Caro: “Sí, un tío mío. Es hermano de mi papá; vive en Pasto, no tan lejos de nuestra casa. Le gusta hacer crucigramas, leer libros, caminar…”; En que seguía hablando en tiempo presente –es, vive, gusta–, demostrando mi negación a entrar en la primera fase del duelo.

Pienso que esa es la razón de este texto desordenado: obligarme a escribir en pasado para rearmar su figura con recuerdos. Quedarme con la escena del profesor a quienes los estudiantes de 11 le hacían miles de preguntas sobre cualquier cosa, para que se emocionara explicándolas y así se olvidara de hacer el examen; o esa en la que exhibía una sonrisa por debajo de su bigote cuando contaba alguna anécdota familiar, como aquella en que mi hermana “le dañó” la receta de un sancocho porque picó los plátanos con un cuchillo.

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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

4 opiniones en “Recuerdos de sobrino”

  1. Esto si es un hermoso homenaje a un ser querido que ha dejado una gran huella en tu vida .
    Estoy entretenida y fascinada leyendo tus creaciones espero un día ver un gran libro tuyo te deseo lo mejor .

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