In Memoriam: Nuestro hermano Carlos Anselmo Pineda Escobar

Carlos para su esposa y sus hijos, Don Carlos para sus amigos y allegados en Pasto, el profesor Carlos para sus exalumnos del Colegio Pedagógico donde trabajó por más de veinte años, Anselmo para sus hermanos y nuestro entorno familiar y el profesor Anselmo para sus exalumnos de primaria y secundaria de La Victoria y para todos sus amigos y conocidos de nuestro pueblo natal, pasó por este mundo como un hombre de bien y se marchó intempestivamente hacia ese viaje sin retorno que es la eternidad con esa misma tranquilidad y calma con que había vivido, dejándonos gratos recuerdos a pesar del dolor y la nostalgia que nos causa su partida.

Cuando un ser querido se va por largo tiempo o emprende el viaje sin retorno hacia el más allá empezamos a hacer memoria de los días gratos y felices que con él vivimos, de los trabajos y sacrificios que enfrentamos juntos, de los sueños y de las ideas que teníamos en común y de los resultados y las realizaciones que logramos con nuestros esfuerzos compartidos. Por eso en estos días de luto por la ausencia definitiva de nuestro hermano Carlos Anselmo, a quien la muerte nos lo arrebató repentinamente, quiero evocar mis más entrañables recuerdos y destacar algunas de sus actividades para honrar su memoria y rendirle un homenaje póstumo por su calidad humana y por su aporte valioso a la educación de la niñez y de la juventud, y a la cultura de nuestro pueblo.

Cronológicamente fui el más cercano a él y por eso crecimos juntos y compartimos nuestra niñez feliz que transcurrió paralela a los azares del arduo trabajo de nuestros padres en los bosques de la vereda San José Bajo, donde establecieron una mediana granja agropecuaria de la que derivaron el sustento y los recursos para la crianza y educación de sus numerosos hijos. Nuestra rutina diaria en esos lejanos años consistía en los pequeños mandados caseros, los juegos infantiles en los desmontes y bosques circundantes, las infaltables discusiones y rencillas fraternales y la búsqueda de frutos silvestres como arrayanes, motilones, chaquilulos, chimbalos, moras, piñuelas y uvillas que producía generosamente nuestra tierra, actividades a las que se unió más tarde nuestro hermano Manuel. Cuando yo cumplí ocho años y tres meses y Anselmo cinco años y ocho meses nos matricularon en la Escuela Rural de Varones de La Victoria que distaba unos tres kilómetros de nuestra finca por un camino de herradura que cruzaba en parte por medio del bosque y que en muchos tramos era un completo lodazal. A Anselmo lo enviaron a la escuela a muy tierna edad para que me acompañara y yo no tuviera que andar solo, pues era muy raro contar con la compañía de otros niños en tan largo y desolado camino. Y sí que cumplió muy bien con su papel de acompañante, pues se convirtió desde entonces en mi ángel protector que me defendía cuando otros niños me querían agredir, pues por ser más corpulento, más fuerte y más frentero que yo, que era más endeble y tímido, encaraba con decisión y valentía a mis ocasionales agresores que no se atrevían a enfrentarse con él; y toda la vida estuvo pendiente de mí y fue mi constante apoyo.

Cuando terminé tercero de primaria mis padres me mandaron a estudiar al seminario de Sibundoy, en el Putumayo, y esta separación afectó profundamente a mi hermano Anselmo, quien quedó con mucha pena según me contó dos años después cuando volvimos a vernos al regresar yo por primera vez de vacaciones, pero le sirvió para aplicarse en el estudio y lograr que a él también lo mandaran a estudiar al seminario de Sibundoy a donde llegó a cursar quinto de primaria cuando yo cursaba el segundo de bachillerato. Finalmente, nuestra estadía en el seminario no prosperó y terminamos nuestros estudios secundarios en la Normal Nacional de Varones de Pasto donde recibimos el título de Maestro Superior, yo en 1966 y Anselmo en 1968 y fuimos destinados a trabajar en la Escuela Rural de Varones de La Victoria a donde llegamos con dos años de diferencia.

Fue allí donde cumplió una importante y destacada labor, tal vez la más fructífera de su vida, tanto en su tarea educativa en la primaria y luego en la secundaria, como también en la participación en diferentes actividades culturales, deportivas, cívicas y comunitarias. Fue un educador muy responsable, dedicado, paciente y comprensivo. A pesar de su alta estatura, de su semblante en apariencia serio y de mal carácter que inspiraba respeto, era de muy buen genio y tolerante con los niños, especialmente con los más pequeños, de tal suerte que llegó a ser el maestro indicado para enseñar a los niños de primero de primaria (entonces no había preescolar) y los padres de familia siempre insistían al comienzo de cada año lectivo, que “por favor, que el profesor Anselmo se haga cargo del grado primero de primaria”, solicitud que él siempre aceptó de buena voluntad, con lo cual podríamos decir que terminó especializándose en la enseñanza de primero de primaria, trabajo que siempre realizó con mucha responsabilidad, dedicación y entrega, y con excelentes resultados; es por eso que numerosos adultos de hoy en La Victoria recuerdan con gratitud y cariño que aprendieron sus primeras letras, a leer y escribir, con el profesor Anselmo. A finales de enero de 1976 fue trasladado al naciente Colegio Mixto “La Victoria” que apenas llevaba cinco meses de funcionamiento y que desde febrero de ese año entró en una grave crisis administrativa y académica al ser derogados los nombramientos del Rector y de varios profesores; en esas circunstancias el profesor Anselmo tuvo que trabajar sólo, como único responsable de la institución, durante los meses de febrero, marzo, abril y casi todo mayo, correspondiéndole dictar la mayor parte de las materias del grado sexto a él solo, y fue gracias a su esfuerzo y arduo trabajo que el colegio se mantuvo en esa temporada difícil y así pudo seguir adelante cuando ya la situación se normalizó.

Desde sus tiempos de estudiante en la Normal mi hermano Anselmo ya formaba parte de un grupo cultural que habíamos conformado en La Victoria quienes en esos tiempos tuvimos la suerte y el privilegio de salir a estudiar el bachillerato fuera de nuestro pueblo con grandes sacrificios, del que participaban también otras personas aficionadas que les gustaba colaborar. Era un grupo conformado por jóvenes y señoritas que con mucho entusiasmo preparábamos obras de teatro, danzas y declamaciones que presentábamos para promover la cultura y contribuir con la sana recreación de nuestro pueblo. Mi hermano Anselmo casi siempre representaba los personajes que hacían el papel de “los malos del paseo” o “los malos del cuento”, y fue así como personificaba al diablo, a la muerte, al déspota, al tirano, al borracho y a otros por el estilo que lo hicieron famoso en el pueblo donde cariñosamente le reprochaban la supuesta maldad con que actuaba por lo que terminaban designándolo con el nombre del personaje que había representado.

También durante sus fecundos años de trabajo como educador en La Victoria estuvo al frente de la organización de actividades deportivas, formó parte de la Junta de Acción Comunal y participó del movimiento cívico, siendo uno de quienes promovieron la idea de la creación de un colegio de bachillerato en nuestro pueblo, y de los que dictaron clases gratuitamente al comienzo para que el Colegio empezara a funcionar, hasta cuando la Secretaría de Educación nombró los primeros profesores. Después de unos doce años de esmerado y fructífero trabajo en La Victoria fue trasladado a Pasto al Instituto Pedagógico Militar, donde trabajo más de veinte años cumpliendo también un papel muy importante en la educación de la juventud de la capital nariñense y donde se desempeñó como Docente de base, Coordinador y Rector encargado. En los primeros años de su estadía en Pasto ingresó a la Universidad de Nariño a estudiar Filosofía y Letras, carrera en la que se graduó con título de Honor. Sus compañeros de estudio lo recuerdan como un excelente estudiante, de gran calidad humana y un buen amigo. En diciembre de 2002 se retiró definitivamente del magisterio para dedicarse a la vida familiar, para brindarle más apoyo a su esposa y un mejor cuidado a sus hijos, pues era muy hogareño y muy preocupado por sus hijos. Pero las vicisitudes de la vida y el paso inexorable de los años fueron minando su salud y agotando su existencia de manera implacable y el 22 de octubre de dos mil diez y siete emprendió temprana y sorpresivamente el viaje sin retorno hacia la eternidad, pues finalmente en este mundo solo andamos de paso y el día menos pensado nos llega la hora de partir y abordamos la nave de la muerte en nuestra peregrinación hacia el más allá para nunca más regresar.

Descansa en paz, hermano Carlos Anselmo. Después del arduo peregrinar por esta vida donde fuiste un hijo afectuoso y solícito con tus padres, donde cumpliste una labor educativa muy fecunda en primaria y secundaria, donde siempre diste el apoyo oportuno y desinteresado a todos tus hermanos, donde aportaste con tus esfuerzos y tus iniciativas para el mejoramiento de la tierra que nos vio nacer, donde formaste un hogar al que le entregaste todo tu amor y tus preocupaciones, donde lograste hacer realidad varios de tus sueños aunque otros tal vez quedaron inconclusos, bien mereces el descanso del trajinar constante que es la vida, aunque no nos resignamos a tu ausencia. Tu esposa, tus hijos, tus hermanos, tus sobrinos, tus parientes y allegados te vamos a extrañar profundamente. Nos hará falta tu presencia material y tu apoyo moral; escuchar tus comentarios y reflexiones siempre sensatos y bien acertados, tus consejos y orientaciones valiosas, y en mi caso tus frecuentes visitas y diálogos que sosteníamos sobre diferentes aspectos históricos, políticos, religiosos, sociales, ambientales y sobre las situaciones de angustia y de incertidumbre por las que tuvo que atravesar nuestro pueblo y nuestras familias como consecuencia de la lucha armada. Extrañaré las reminiscencias que hacíamos de nuestra lejana infancia en la edad de la inocencia, de nuestros tiempos de estudiantes en el seminario, de nuestros años de entrega a un trabajo responsable, con mucha dedicación y amor, como educadores de la Escuela Rural de Varones de La Victoria, donde en equipo con otros maestros y maestras logramos mejorar notablemente la educación primaria en nuestro pueblo, superando el rendimiento de épocas anteriores. Evocaré con nostalgia las horas de desvelo compartidas en la preparación de los programas culturales que realizamos, la satisfacción de los éxitos que logramos en las presentaciones gracias a tu actuación y la de otros participantes, tu apoyo siempre oportuno y constante en nuestros emprendimientos comunales y cívicos y en las reclamaciones que hacíamos para beneficio de nuestro pueblo. Y desde el más allá, donde ya no hay penas ni sufrimientos, desde la gloria del Altísimo en la morada eterna desde donde podrás ver con más claridad nuestras vidas, nuestros peligros y preocupaciones, nos seguirás acompañando con tu recuerdo a todos los que te quisimos, y así vivirás por siempre en nuestra memoria.

Gilberto Oswaldo Pineda Escobar

El autor

gilberto-pinedaGilberto O. Pineda E. Nació en La Victoria (Ipiales) en 1945. Fue director de la Escuela Rural de Varones La Victoria desde 1966 hasta 1973. Distinguido por la Alcaldía de Ipiales en 1970 como uno de los mejores maestros de primaria del municipio. Fue rector del Colegio Mixto ‘La Victoria’ (Ipiales), desde 1982 hasta 2001. Autor del libro ‘La Victoria y el Sur-Oriente de Ipiales. Aspectos Históricos y Geográficos’.

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Autor: Gabopineda

Soy Gabopineda. De niño me gustaba imaginar: era común verme caminar con la mirada perdida, hablando solo y agitando las manos como evidencia de que sostenía una acalorada discusión con un interlocutor invisible. Desde entonces quedé atrapado en un nido de quimeras. Las historias que imaginé nunca se cumplieron. Pero mi error no fue fantasear sino nunca haber dejado rastro de ello. Este blog pretende corregirlo y, por supuesto, ayudarme a seguir imaginando.

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