Solo agua y me iré

Pelícano en las playas de Santa MarthaMe detengo, parado, en medio de la arena, no para observarlos, sino por clemencia. Cada siete soles, treinta o trescientos, caminan por la playa, mirando el horizonte, mojando sus pies en el agua, sorbiendo algún líquido a la sombra. Nunca son los mismos, pero sí de la misma especie. Y ellos no entienden. “Miiira tan lindo el pelícano, dicen. “¡Diviiino!” Responde alguien más. Continuar leyendo «Solo agua y me iré»

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El alto de la línea: un viaje sin tiempo

Paseando al perroEn este país – donde los ladrones de celulares son liberados de las estaciones de policía por falta de pruebas y los campesinos son perseguidos por usar semillas naturales – hay más sorpresas, entre decepciones y buenaventuras, que en un espectáculo de magia. Y podría decirse que se trata de hechos maravillosos en sí mismos, como la transformación de un viaje de una hora en uno de seis. Continuar leyendo «El alto de la línea: un viaje sin tiempo»

El periodismo mono-fuente

Periodismo-mono-fuente-siglo-XXI

Un periodismo parcializado en razón de la falta de rigor, sin fuentes ni confrontación y con juicios apresurados, o a veces copiado de internet, es lo que disponemos hoy como fuente de información.  Se acabaron o escasean las historias bien investigadas y publicadas con el fin de prestarle un servicio al ciudadano, por otras que responden a “tendencias”, marcadas ya sea por las redes sociales o por algunos líderes de opinión.

Hace unos días escuché a una locutora de radio decir: “¿Cómo es posible que medicina legal no haya encontrado evidencias concluyentes en el caso de la niña ‘violada’ en Andrés Carne de Res? ¿Qué credibilidad podemos tener en la justicia después de esto?”

Relatar un hecho informativo requiere objetividad. Y en este caso, la periodista ya tomó partido. Ya decidió que se trató de una violación, exige una condena e invita a sus oyentes a sumarse a su misma posición. Y las personas lo hacen: desde Twitter las audiencias se manifiestan a favor o en contra y, más tarde, terminarán sintonizando en el dial a quien divulgue noticias que compartan su punto de vista. Pero nos olvidamos que los relatos no confirmados le deben conceder espacio a la duda y que el periodista debe confirmar con hechos, aquello que afirma como conclusiones.

El tema de este momento también es el enfrentamiento entre un vigilante de Carulla y un cliente. Un diario nacional reprodujo esta noticia. Y en este caso, el verbo “reprodujo” no puede estar mejor usado, pues la nota dice casi lo mismo que la descripción del video de YouTube que cargó un usuario para dar testimonio del hecho. ¿Dónde está la labor de reportería? ¿Qué pasó con las entrevistas al supermercado, a los clientes que protagonizaron el hecho o a los testigos del mismo? Si tienen dudas, aquí están los vínculos: http://goo.gl/5ojrJy (video) http://goo.gl/ZqCY58 (noticia).

Pareciera que la publicación de noticias como esta se decide por la pasión y no por la razón. La indignación, el enojo, el morbo, la exasperación, la excitación, la simpatía, la apatía y otros tantos sentimientos son quienes dirigen los consejos de redacción, en lugar de criterios como actualidad, proximidad, pertinencia, entre otros.

No solo pasa con las noticias judiciales y ciudadanas. En el plano político, social, nacional y hasta deportivo recibimos noticias (porque no pasamos de las noticias) con una sola fuente. Incluso, media fuente: por ejemplo, un comentario sobre quiénes son las “mujeres más escandalosas de 2013” da pie a una infografía (fotos y pies de foto, nada más) sobre el tema. Se hace con fotos de Google (Getty o algún servidor parecido, en el mejor de los casos) y textos wikipédicos o gugliados. No hay declaraciones ni comentarios, menos entrevistas y comentarios.

Así se está formando la opinión pública. La de mañana será una ciudadanía que – de la misma forma – no admita más argumentos que el propio. No requiera más evidencias que el juicio personal y no respete puntos de vista diferentes. Porque en eso nos entrena el periodismo mono-fuente de hoy. En que, poco a poco, seamos menos capaces de debatir, de ser tolerantes y de responder un argumento con otro. 

¿Por qué me tengo que aguantar al telonero?

El Cuarteto de Nos en Bogotá presentando su disco «Porfiado»

El Cuarteto de Nos se debía presentar a las 8:00 p.m., según lo que se había comunicado en la programación del evento. Era la primera vez que esta agrupación uruguaya de Rock en español se presentaba como Show Central en Bogotá y lo hacía en las instalaciones del Teatro Vinacure de la Avenidad Caracas con Calle 63. Sin embargo, la banda salió al escenario mucho más tarde de lo esperado, cuando los asistentes estaban cansados de esperar. De ahí que empezaron a rechazar a los teloneros. Les gritaban arengas para que salieran de escena y, cada vez que había un silencio entre canción y canción, gritaban “¡Cuarteto de Nos!”.

¿Por qué se daba este irrespeto hacia los artistas? ¿Qué estaba provocando esta reacción de rechazo hacia los teloneros? ¿Acaso nadie estaba preparado para  ver un grupo de músicos invitado antes de la presentación de la banda uruguaya? En un sector del público emergió una conclusión: “es que la gente no respeta. Hay que darles la oportunidad…”.

Aparte de que el artista, por novato que sea, merece respeto, vale la pena considerar los aspectos que llevaron a la desesperación del público: las puertas se abrieron dos horas después de lo anunciado, la prueba de sonido tardó demasiado y, además, se presentaron dos teloneros en lugar de uno. Si a esto sumamos que el concierto se programó un lunes festivo y que todos los asistentes empezaban a preocuparse por sus obligaciones del día siguiente, la molestia del público es entendible.

Y no contaron con suerte: el primer grupo, que dijo llamarse, “Los malditos animales blancos”, no era de la mejor calidad. Las letras apenas tenían sentido (al menos, en cuanto a las palabras que se les entendían) y  el vocalista – que al tiempo tocaba la batería – parecía desacompasado. No cautivó al público.

El segundo grupo, Llave de Fuego, en realidad tenía buenos montajes y una propuesta interesante, pero contó con un público cansado por el miedo a trasnochas y no fue bien recibido. Aun así, se defendió en el escenario, aunque con una presentación demasiado larga para el ambiente que se había formado.

Andrés Gualdrón y los animales blancos se define como un «grupo experimental». Más detalles en : http://goo.gl/xsKB9

Cuando una parte del público empezó a gritar “¡Cuarteto de Nos, Cuarteto de Nos!” el Bajista de Llave de Fuego respondió: “Muchas gracias a este público. Y a los payasos, nos vemos afuera y nos entramos a coñazos…”.  Tampoco fue una salida decorosa.

Un Cover de la canción «El Gran Barón» de Willie Colón fue la sorpresa de Línea de Fuego para presentar a El Cuarteto de Nos. Más información en: http://www.myspace.com/llavedefuego

En suma, la logística del concierto calentó los ánimos para que los artistas invitados no fueran bien recibidos. También es evidente que no hubo una preselección de la primera banda que se presentó o, por el contrario, se incluyó a última hora.

Que se incluyan artistas o agrupaciones nuevas es bueno porque les permite darse a conocer y porque el público también tiene la oportunidad de “probar” cosas nuevas. Pero Vale la pena que los asistentes estén enterados y que los horarios se respeten para evitar malos comentarios. Y, por supuesto, ya es hora de que los asistentes nos empecemos a comportar mejor. Sobre todo cuando Bogotá está recibiendo más artistas por año que en cualquier otro año de su historia.

Las personas llegaron desde las 3:00 p.m. La apertura de puertas, programada a las 5:00 p.m., se efectuó a las 7:00 p.m.

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Y el obrero lija la pared: “ashi, ashi, ashi, ashhhhii…”. No le he preguntado su nombre. “Este apartamento no está tan agrietado”, dice. “Si viera los otros”. “¿Grietas muy anchas?” Pregunto. “Unas de medio centímetro. Otras, de uno. Y algunas más grandes. Hace un año atravesé por una de ellas, hacia otro mundo…”.

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Titubeo. ¿Atravesó una? ¿A otro mundo? “La estaba raspando, antes de ponerle el estuco, y de pronto me absorbió; sentí que el cuerpo se me comprimía, y luego fue como si me soplaran, pero hacia el otro lado de la pared. Caí dentro de un altillo. Un cuarto de San Alejo lleno de materiales de obra. Estaba mareado y me asusté. Desde el piso miré hacia arriba y vi a un hombre de barba azul. ‘Levántese, lo estábamos esperando’”, me dijo.

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El obrero acompañó al hombre de Barba azul. Bajaron por una escalera de madera que daba unas tres vueltas y desembocaba en una sala inmensa decorada como un mercado de las pulgas: una fuente de agua y rocas en un lado; pintura, esculturas y estatuillas con estilo precolombino en otro; una urna de cristal que contenía barquitos en miniatura; Una sagrada familia en la que San José tenía la barba amarilla…

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Siguieron por un pasillo lleno de retratos de personas con barba amarilla y llegaron hasta una mesa de unos 24 puestos. En la silla principal esperaba un hombre de barba amarilla y lo acompañaban dos de barba azul. “¡Oh, noble extranjero! – Le dijo – ¿Podrías arreglar la gotera que hay en mi techo y podrías enseñarle a los Barbaverde a repararlas? A cambio te daré tesoros. Los que escojas.

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“Yo volteé a mirar por todo el salón y me di cuenta que todas las paredes estaban agrietadas. Había un hueco grande en un techo que era como de drywall y por ahí caían unas gotas blancas que tenían el piso como derretido en esa parte”, cuenta el obrero. Pero en ese momento solo preguntó “¿Cómo así? ¿Dónde estoy?”.

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La explicación lo dejó loco: era CuatrodeÓct una tierra de hechiceros donde hace mucho estaban en guerra. Los Barbados (los había Amarillos, que eran gobernantes; azules, diplomáticos o políticos; Rojos, guerreros; Verdes, sirvientes, etc.) habían sido hechizados para que olvidaran hacer bricolaje. El maleficio solo se quitaría re-aprendiendo. Pero ¿quién les podía enseñar? Descubrieron a los humanos y tele-transportaron uno.

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El obrero apenas balbuceó. “Pero es que no traje materiales, dijo”. “Eso lo podemos arreglar”, dijo el BarbAmarilla. Le pidió al obrero que se acercara una grieta. Cuando lo hizo, le roció un polvo brillante y, acto seguido, el humano se transportó de vuelta. Por la grieta podía ver al hombrecillo: “toma lo que necesites y pon el dedo en la grieta”, le dijo desde su mundo. El obrero, tomo la espátula, la untó de estuco y tapó el hueco. Mientras corría la espátula alcanzó a escuchar cómo el otro juraba vengarse.

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“Mire el reloj. Aquí no habían pasado, sino dos minutos”, dice. Y salió corriendo de aquel apartamento. “No le creo nada de lo que me dice”, le respondo. Pero me trago las palabras cuando contemplo cómo es nuevamente absorbido por una de las grietas todavía abierta. ¿Qué suerte le espera? No lo sé. Pero al parecer hoy es el día en que los BarbasAmarillas pueden conjurar hechizos entre los mundos.

El problema de Transmilenio es el pasajero

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Las puertas de vidrio se abren y a continuación un puñado de personas se arroja desde el interior de la estación de Transmilenio hacia adentro del bus, mientras un grupo similar trata de salir del vehículo. Los dos chocan y empieza el forcejeo: el morral del universitario que se enreda entre las dos señoras; el joven que tira del morral moviendo hacia atrás a sus oponentes, quienes responde con insultos. Otro le abre paso a un discapacitado, pidiendo una silla azul, mientras alguien le responde “deje bajar primero”. Los que no suben simplemente comentan “¡Ush! La gente sí es maleducada, ¿no?”. ¡Oiga, casi me tumba. Pida permiso al menos. RESPETE!

El Factor común de todo el cuadro es que NADIE PIENSA EN EL OTRO. Cada uno sigue su camino y percibe al prójimo como si fuera un oponente, un intruso, una criatura malévola que le impedirá llegar a su destino. Y si así lo percibe, no hay mejor respuesta natural que los codazos, los empujones, los improperios y la indiferencia para hacerlo a un lado. ¿Por qué se produce este efecto?

Cada vez que me detengo a esperar en Transmilenio, me sitúo atrás, esperando un bus medianamente lleno y observo. Los habitantes de Bogotá tienen (o tenemos) una tendencia innata hacia el afán. Todos corren, empujan y se agolpan. Quieren salir lo más rápido posible, llegar lo más rápido posible. Incluso bajando el puente, pasan chocando con el otro. Lo esquivan en la calle y cuando el semáforo cambia de color, salen disparados hacia el otro lado de la acera, tratando de ganar el primero lugar.

ImagenLos habitantes de Bogotá tienen (o tenemos) una tendencia innata hacia el afán. Todos corren, empujan y se agolpan.

Ese afán explica por qué las personas se suben al bus, sin importar cuán lleno esté. Nunca van a esperar el siguiente: solo empujarán hasta meterse en un vehículo por más que no quepan. “Yo miro fijamente el tubo gris del Transmilenio – decía una amiga – si logro aferrarme a él, ya logré subirme”.

Sin importar que tengan que pararse sobre la franja amarilla, o que parte de su morral quede por fuera de la puerta, o si tengan que colgarse de la entrada del bus urbano, los capitalinos siempre tratarán de meterse en el vehículo, salir de la estación, cruzar el puente o caminar por la acera, a como dé lugar. No pensarán en detenerse. Un comportamiento que no es nuevo: basta con ver fotos del antiguo tranvía en Bogotá. El capitalino siempre ha sido así. Tanto el “nativo” como el “foráneo”. El estrés de la ciudad se aprende y se adopta como cultura. Y mientras esa cultura no cambie, cualquier sistema de transporte no va a funcionar en la ciudad porque cualquier propuesta dependerá, en un gran porcentaje, del comportamiento de los ciudadanos. La misma razón explica el trancón de la ciudad: Todos sacan el carro. ¿Compartirlo? ¿Para qué? El vecino también tiene y si no, que coja bus.

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El estrés de la ciudad se aprende y se adopta como cultura. Y mientras esa cultura no cambie, cualquier sistema de transporte no va a funcionar.

Cuando empecemos a pensar en el otro (si es que algún día lo logramos) esta ciudad y este país serán diferentes.

CRÉDITOS FOTOGRÁFICOS

Gracias a las fotos de “Martina”, que logró captar ese resplandor inspirador a través de la puerta de la estación. Pueden ver más de sus fotos en:

http://www.flickr.com/photos/40921100@N05/3809743906/in/photostream/

También gracias al excelente trabajo documental de Logia Misantrópica, cuyas fotos pueden verse en:

http://logiamisantropica.blogspot.com/2011/06/acerca-de-la-que-llaman-servicio.html

La foto del tranvía, un clásico de la historia bogotana, está muy bien acompañada en:

http://www.barriosdebogota.com/conozca-la-historia-del-tranvia-de-bogota/#axzz289rKmPod

Falsos positivos a través de email

Las audiencias creen ciegamente en el correo electrónico

Puesta en escena en la Torre Colpatria, durante el 09 de octubre
Puesta en escena en la Torre Colpatria, durante el 09 de octubre

Un singular correo electrónico circuló en Bogotá durante la semana pasada y escandalizó, por lo menos, a media ciudad. El hecho dejó ver cómo, 71 años después de la transmisión radial de “La Guerra de los Mundos” –emitida por la CBS en Estados Unidos–, a las audiencias todavía les cuesta separar la realidad y la ficción en los medios masivos de comunicación.

El mensaje en cuestión era una supuesta alerta sobre las actividades que se pretendían realizar durante el simulacro del terremoto en Bogotá. De acuerdo con éste, el Distrito planeaba volcar camiones para cerrar las vías de acceso a la ciudad, simulando accidentes; demoler edificios y explotar un avión en el aeropuerto, simulando desastres; encender todas las alarmas, suspender las comunicaciones y los servicios públicos, de manera que los habitantes de la capital enfrentaran con mayor realismo esta puesta en escena.

Obviamente, el mensaje se reprodujo en serie, hasta que de forward en forward, alarmó a toda la ciudad. Lo fijaron en las carteleras de los edificios y los conjuntos cerrados; lo reprodujeron los colegios en comunicados oficiales para los padres de familia; lo reenviaron a cada empleado de las empresas, para que lo tuviera en cuenta ese nueve de octubre; lo citaron en las conversaciones familiares, etcétera. Pero ¿por qué la mayoría de las personas lo asumían como cierto?

Una de las razones es porque venía firmado por una institución oficial. Sin embargo, ésta no era siempre la misma: a veces se reenviaba a nombre del Distrito, de la DPAE (Dirección de Prevención de Accidentes y Emergencias), del Ministerio de la Protección Social y hasta de parte de la Presidencia de la República. Pero aún así, la audiencia le otorgaba autenticidad (un colegio nos mencionó que le dio crédito al mensaje porque se lo reenvió alguien que trabaja en la ARS que esta institución contrata).

Al fin, la DPAE tuvo que salir a desmentir el asunto en los medios, aclarando que no iban a malgastar el erario público de esa manera. (A pesar de eso, algunas personas todavía sostienen que “la Alcaldía sí planeó un simulacro como ese; que no fue aprobado, pero igual se envió el comunicado). Al fin el asunto se superó y el simulacro se desarrolló, como suele decirse en los medios, “con total normalidad”.

No obstante, la realidad es clara: basta con que un mensaje llegue vestido con el formato del último grito de la moda en los medios de comunicación para que las personas le den crédito. Envías un correo, le pones dos o tres logos, lo cuelgas en un blog y ya está: tienes una verdad universal. Ese sigue siendo el poder de los medios. Y tal como lo dijo McLuhan, “no es que sea bueno o malo, sino que depende de la forma en la cual se use ese poder”.

Lo único cierto es que el criterio de las audiencias aún sigue siendo muy pobre en este sentido: basta leer los correos que aún se reenvían: la mayoría de ellos con mitos urbanos (¿O ya debo decir mitos globales, o glocales?) y que las personas creen y replican en cada aspecto de su vida cotidiana. Y aún queda por ver cómo el RSS, el video, el podcast y otros medios se sumen a esta ola de enfrentamientos entre la información y la desinformación.

Qusiera darle crédito a la foto. Como de costumbre en otros de mis blogs, la tomé de Flickr. Le agradezco a El Juglar del Zipa no se moleste por este hecho. Pueden consultar sus trabajos en : http://www.flickr.com/photos/juglardelzipa/tags/simulacro/