Vibraciones

El mug de café dio uno, dos, tres saltos milimétricos y la mesa empezó a tiritar a ciento veintiocho vibraciones por segundo. Tres gotas saltaron y dibujaron gusanos marrones sobre las páginas del libro de Diana. “¡Otra vez el vecino”, pensó. Continuar leyendo «Vibraciones»

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El chico que sube a Patios

Iba torciendo por la curva que lleva a la recta de las lápidas cuando sentí una punzada en el costado derecho y otra en la hendidura del hombro contrario, a tres dedos del cuello. Respiré lento. Continuar leyendo «El chico que sube a Patios»

El Hombre Sonriente

Un vaso humeante de café cayó sobre la mesa trayendo el recuerdo de un hombre, de su sonrisa barbuda e imborrable. Continuar leyendo «El Hombre Sonriente»

Adiós, abuelita

El último recuerdo que tengo de mi abuela María Deifilia fue el de ser testigo de su olvido. Sucedió en la mesa del comedor de la casa de mi tía Amparo, a la hora del café, cuando hablábamos sobre La Victoria. “Y usted, que veo sabe tanto del pueblo, ¿tiene familia por allá?»-me preguntó.  Continuar leyendo «Adiós, abuelita»

Solo agua y me iré

Pelícano en las playas de Santa MarthaMe detengo, parado, en medio de la arena, no para observarlos, sino por clemencia. Cada siete soles, treinta o trescientos, caminan por la playa, mirando el horizonte, mojando sus pies en el agua, sorbiendo algún líquido a la sombra. Nunca son los mismos, pero sí de la misma especie. Y ellos no entienden. “Miiira tan lindo el pelícano, dicen. “¡Diviiino!” Responde alguien más. Continuar leyendo «Solo agua y me iré»

Asesinas en el techo

palomas en el techo BogotáEl cadáver de la paloma tendido sobre el filo de la acera (la cabeza semi-desprendida, dejando ver parte de la columna vertebral del animal; el ala rota; la sangre vertida por la acera y chorreando hasta el pavimento) mostraba la crueldad de la batalla que se libra en los techos de las casas republicanas del centro. Unos metros más adelante -en la misma cuadra de la carrera cuarta, justo antes de llegar a la puerta de salida de la biblioteca- yacían otros. Un par, desmembrados por el impacto que supuso la caída desde el entejado; otros dos, simplemente inertes, como si hubieran fallecido por asfixia o a causa de un golpe contundente en alguna parte sensible del cuerpo. Continuar leyendo «Asesinas en el techo»

Los sastres del Emperador

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Farabutto corrió los pasadores que inmovilizaban los pedales y el eje del telar y luego ató el peine de la máquina al travesaño superior para asegurarlo completamente, antes de subirlo al coche. Wihelm estaba delante, dándole de comer a Paquino, su caballo,  la última zanahoria que les quedaba. Continuar leyendo «Los sastres del Emperador»

Que en paz descanse…

Un día salimos a volar una cometa, pero era tan pesada que apenas se elevó. Y eso que habíamos soñado verla por los aires, tumbando a las demás con esa gigantesca forma hexagonal y enredando sus 3 kilómetros de piola plástica con las demás. Lo habíamos hecho años antes en Tulcán también. En ese entonces subimos a ‘la loma’ (le decíamos así a un montículo de tierra arenosa y café que estaba situado al frente de la casa de mis abuelos y en donde extrañamente, nunca crecía la hierba) y las echamos a volar. Pero esta vez fue diferente: la caña era muy pesada; la cola, insuficiente; y el espacio para correr, demasiado estrecho. Uno de nosotros la levantaba, mientras otro intentaba correr a toda velocidad tirando de ella para que se elevara. El tercero hacía lo que cualquiera a esa edad: corría al lado esperando que el artefacto se elevara. Después de 10 intentos en que la cometa subía unos pocos metros y caía rebotando en el potrero, vino un golpe que la destruyó: cayó sobre una piedra; una de las cañas que templaba el plástico de colores se rompió y la piola se enredó entre las varas resquebrajadas.

Acto seguido llego mi hermano, preguntando: ‘¿por qué sacaron la cometa sin mi permiso?’. Pero ya no había nada que hacer. De todas maneras, nos divertimos. Sobre todo porque nos veíamos muy poco a pesar de tener casi la misma edad. No éramos como esos otros niños que juegan con sus primos todos los días, simplemente porque Alex, Juan Carlos y yo vivíamos en lugares distintos.

En el mejor de los casos, nos veíamos una vez cada año, o cada dos.

Aquel día, después de romper la cometa, nos miramos las caras y nos preguntamos qué hacer. En el polideportivo de la escuela, pateamos un balón. No jugábamos a nada más que a mover la pelota. Finalmente fuimos a la tienda a comprar frutas y los dos se rieron de mí porque comía tomates de árbol, cuando ellos preferían naranjas, peras o manzanas. También aprovechamos las onces para recordar aquella vez en que nos retamos para ver quién era capaz de descender en la bicicleta por el camino que llevaba del filo de la loma hasta la casa de mis abuelos.

Aunque me nombraron ganador, se podría decir que hice trampa. Todos llegaron hasta la esquina, unos veinte metros antes de la puerta de la casa. Yo, en cambio, me estrellé contra ella y, aunque sobrepasé la distancia de los demás, en realidad traté de frenar desde la mitad de la bajada, pero el cable no sirvió. Si todo hubiera salido como mi miedo demandaba, apenas habría conquistado la mitad del recorrido.

Así eran nuestras tardes cuando nos veíamos: jugábamos a lo que se nos ocurría, con lo que encontrábamos. Íbamos al taller del abuelo a organizar bolillos de madera que más tarde serían patas de sillas o comedores; revolvíamos el aserrín; corríamos por el bosque vecino; o asistíamos como espectadores a los partidos de fútbol que jugaban mis tíos.

La de la cometa, sin embargo, fue la última vez que nos vimos.

Tal vez nos encontramos alguna vez, años después, cuando Juan Carlos pasó a saludarnos en Pasto. Pero todo fue extraño. ¡Éramos tan distintos! Cada uno había crecido por su cuenta, acumulaba experiencias distintas y, de hecho, nos habíamos convertido en personas diferentes. Podríamos clasificarnos como completos desconocidos que apenas compartían un apellido. Nos dimos la mano y, a lo mejor, cada uno estuvo pendiente del otro, a la distancia, a modo puramente informativo.

Es triste saber que, años después, te enteras la muerte de uno de tus primos; de que un accidente de trabajo le cobró la vida y que ni siquiera tienes manera de comunicarte, de averiguar algo más, de saber qué pasó exactamente.

Que ni siquiera tienes el valor de hacerlo porque, en últimas, tendrías que explicar por qué has estado tan distante durante todos estos años.

Y más doloroso todavía es tener que decir adiós desde la distancia.

Por eso quedan estas palabras, tal vez más dedicadas a mí que hacia él, pero que conservarán, al menos un recuerdo, en este rincón virtual, de los días de niñez que compartí con mi primo Alex Arteaga Benavides (que en paz descanse).

 

Horas de lluvia en Bogotá

Leo Villamizar
Foto: Leo Villamizar. http://goo.gl/XtSMDW

Escuchamos el primer trueno cuando nos disponíamos a pagar la cuenta. Era uno de esos días en que la calma se rompe y todo se viene encima: el informe de última hora, media docena de artículos por escribir (o publicar), el rebote de la factura de los servicios por falta de fondos (¡las demoras en el pago!), llamadas, reuniones, correos, el almuerzo de afán por la necesidad de volver. Continuar leyendo «Horas de lluvia en Bogotá»