El chico que sube a Patios

Iba torciendo por la curva que lleva a la recta de las lápidas cuando sentí una punzada en el costado derecho y otra en la hendidura del hombro contrario, a tres dedos del cuello. Respiré lento. Continuar leyendo «El chico que sube a Patios»

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El Hombre Sonriente

Un vaso humeante de café cayó sobre la mesa trayendo el recuerdo de un hombre, de su sonrisa barbuda e imborrable. Continuar leyendo «El Hombre Sonriente»

Asesinas en el techo

palomas en el techo BogotáEl cadáver de la paloma tendido sobre el filo de la acera (la cabeza semi-desprendida, dejando ver parte de la columna vertebral del animal; el ala rota; la sangre vertida por la acera y chorreando hasta el pavimento) mostraba la crueldad de la batalla que se libra en los techos de las casas republicanas del centro. Unos metros más adelante -en la misma cuadra de la carrera cuarta, justo antes de llegar a la puerta de salida de la biblioteca- yacían otros. Un par, desmembrados por el impacto que supuso la caída desde el entejado; otros dos, simplemente inertes, como si hubieran fallecido por asfixia o a causa de un golpe contundente en alguna parte sensible del cuerpo. Continuar leyendo «Asesinas en el techo»

Horas de lluvia en Bogotá

Leo Villamizar
Foto: Leo Villamizar. http://goo.gl/XtSMDW

Escuchamos el primer trueno cuando nos disponíamos a pagar la cuenta. Era uno de esos días en que la calma se rompe y todo se viene encima: el informe de última hora, media docena de artículos por escribir (o publicar), el rebote de la factura de los servicios por falta de fondos (¡las demoras en el pago!), llamadas, reuniones, correos, el almuerzo de afán por la necesidad de volver. Continuar leyendo «Horas de lluvia en Bogotá»

La adicción al conflicto

Adicción al conflicto

Cedritos. Calle 140. Centro Comercial La Puerta del Sol. En la entrada de un local comercial un hombre choca con otro por distracción. Cada uno avanza con la mirada fija en cualquier detalle, menos en el camino por el que circula. Tras el choque, se insultan. “¿Qué no ve por dónde camina? – Viejo ciego”, dice uno. “¡Respete a los mayores! – Idiota”, responde el otro. Los argumentos se tornan más acalorados. Una vez en la acera, el primero lanza un puño y el otro saca de su bolsillo un gas que estalla e impregna todo el centro comercial con un hedor lacrimógeno. En el restaurante peruano – donde yo almuerzo – el olor de la salsa huancaína se disuelve en el aroma fétido del conflicto que viene desde fuera. Continuar leyendo «La adicción al conflicto»

¿Por qué me tengo que aguantar al telonero?

El Cuarteto de Nos en Bogotá presentando su disco «Porfiado»

El Cuarteto de Nos se debía presentar a las 8:00 p.m., según lo que se había comunicado en la programación del evento. Era la primera vez que esta agrupación uruguaya de Rock en español se presentaba como Show Central en Bogotá y lo hacía en las instalaciones del Teatro Vinacure de la Avenidad Caracas con Calle 63. Sin embargo, la banda salió al escenario mucho más tarde de lo esperado, cuando los asistentes estaban cansados de esperar. De ahí que empezaron a rechazar a los teloneros. Les gritaban arengas para que salieran de escena y, cada vez que había un silencio entre canción y canción, gritaban “¡Cuarteto de Nos!”.

¿Por qué se daba este irrespeto hacia los artistas? ¿Qué estaba provocando esta reacción de rechazo hacia los teloneros? ¿Acaso nadie estaba preparado para  ver un grupo de músicos invitado antes de la presentación de la banda uruguaya? En un sector del público emergió una conclusión: “es que la gente no respeta. Hay que darles la oportunidad…”.

Aparte de que el artista, por novato que sea, merece respeto, vale la pena considerar los aspectos que llevaron a la desesperación del público: las puertas se abrieron dos horas después de lo anunciado, la prueba de sonido tardó demasiado y, además, se presentaron dos teloneros en lugar de uno. Si a esto sumamos que el concierto se programó un lunes festivo y que todos los asistentes empezaban a preocuparse por sus obligaciones del día siguiente, la molestia del público es entendible.

Y no contaron con suerte: el primer grupo, que dijo llamarse, “Los malditos animales blancos”, no era de la mejor calidad. Las letras apenas tenían sentido (al menos, en cuanto a las palabras que se les entendían) y  el vocalista – que al tiempo tocaba la batería – parecía desacompasado. No cautivó al público.

El segundo grupo, Llave de Fuego, en realidad tenía buenos montajes y una propuesta interesante, pero contó con un público cansado por el miedo a trasnochas y no fue bien recibido. Aun así, se defendió en el escenario, aunque con una presentación demasiado larga para el ambiente que se había formado.

Andrés Gualdrón y los animales blancos se define como un «grupo experimental». Más detalles en : http://goo.gl/xsKB9

Cuando una parte del público empezó a gritar “¡Cuarteto de Nos, Cuarteto de Nos!” el Bajista de Llave de Fuego respondió: “Muchas gracias a este público. Y a los payasos, nos vemos afuera y nos entramos a coñazos…”.  Tampoco fue una salida decorosa.

Un Cover de la canción «El Gran Barón» de Willie Colón fue la sorpresa de Línea de Fuego para presentar a El Cuarteto de Nos. Más información en: http://www.myspace.com/llavedefuego

En suma, la logística del concierto calentó los ánimos para que los artistas invitados no fueran bien recibidos. También es evidente que no hubo una preselección de la primera banda que se presentó o, por el contrario, se incluyó a última hora.

Que se incluyan artistas o agrupaciones nuevas es bueno porque les permite darse a conocer y porque el público también tiene la oportunidad de “probar” cosas nuevas. Pero Vale la pena que los asistentes estén enterados y que los horarios se respeten para evitar malos comentarios. Y, por supuesto, ya es hora de que los asistentes nos empecemos a comportar mejor. Sobre todo cuando Bogotá está recibiendo más artistas por año que en cualquier otro año de su historia.

Las personas llegaron desde las 3:00 p.m. La apertura de puertas, programada a las 5:00 p.m., se efectuó a las 7:00 p.m.

El problema de Transmilenio es el pasajero

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Las puertas de vidrio se abren y a continuación un puñado de personas se arroja desde el interior de la estación de Transmilenio hacia adentro del bus, mientras un grupo similar trata de salir del vehículo. Los dos chocan y empieza el forcejeo: el morral del universitario que se enreda entre las dos señoras; el joven que tira del morral moviendo hacia atrás a sus oponentes, quienes responde con insultos. Otro le abre paso a un discapacitado, pidiendo una silla azul, mientras alguien le responde “deje bajar primero”. Los que no suben simplemente comentan “¡Ush! La gente sí es maleducada, ¿no?”. ¡Oiga, casi me tumba. Pida permiso al menos. RESPETE!

El Factor común de todo el cuadro es que NADIE PIENSA EN EL OTRO. Cada uno sigue su camino y percibe al prójimo como si fuera un oponente, un intruso, una criatura malévola que le impedirá llegar a su destino. Y si así lo percibe, no hay mejor respuesta natural que los codazos, los empujones, los improperios y la indiferencia para hacerlo a un lado. ¿Por qué se produce este efecto?

Cada vez que me detengo a esperar en Transmilenio, me sitúo atrás, esperando un bus medianamente lleno y observo. Los habitantes de Bogotá tienen (o tenemos) una tendencia innata hacia el afán. Todos corren, empujan y se agolpan. Quieren salir lo más rápido posible, llegar lo más rápido posible. Incluso bajando el puente, pasan chocando con el otro. Lo esquivan en la calle y cuando el semáforo cambia de color, salen disparados hacia el otro lado de la acera, tratando de ganar el primero lugar.

ImagenLos habitantes de Bogotá tienen (o tenemos) una tendencia innata hacia el afán. Todos corren, empujan y se agolpan.

Ese afán explica por qué las personas se suben al bus, sin importar cuán lleno esté. Nunca van a esperar el siguiente: solo empujarán hasta meterse en un vehículo por más que no quepan. “Yo miro fijamente el tubo gris del Transmilenio – decía una amiga – si logro aferrarme a él, ya logré subirme”.

Sin importar que tengan que pararse sobre la franja amarilla, o que parte de su morral quede por fuera de la puerta, o si tengan que colgarse de la entrada del bus urbano, los capitalinos siempre tratarán de meterse en el vehículo, salir de la estación, cruzar el puente o caminar por la acera, a como dé lugar. No pensarán en detenerse. Un comportamiento que no es nuevo: basta con ver fotos del antiguo tranvía en Bogotá. El capitalino siempre ha sido así. Tanto el “nativo” como el “foráneo”. El estrés de la ciudad se aprende y se adopta como cultura. Y mientras esa cultura no cambie, cualquier sistema de transporte no va a funcionar en la ciudad porque cualquier propuesta dependerá, en un gran porcentaje, del comportamiento de los ciudadanos. La misma razón explica el trancón de la ciudad: Todos sacan el carro. ¿Compartirlo? ¿Para qué? El vecino también tiene y si no, que coja bus.

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El estrés de la ciudad se aprende y se adopta como cultura. Y mientras esa cultura no cambie, cualquier sistema de transporte no va a funcionar.

Cuando empecemos a pensar en el otro (si es que algún día lo logramos) esta ciudad y este país serán diferentes.

CRÉDITOS FOTOGRÁFICOS

Gracias a las fotos de “Martina”, que logró captar ese resplandor inspirador a través de la puerta de la estación. Pueden ver más de sus fotos en:

http://www.flickr.com/photos/40921100@N05/3809743906/in/photostream/

También gracias al excelente trabajo documental de Logia Misantrópica, cuyas fotos pueden verse en:

http://logiamisantropica.blogspot.com/2011/06/acerca-de-la-que-llaman-servicio.html

La foto del tranvía, un clásico de la historia bogotana, está muy bien acompañada en:

http://www.barriosdebogota.com/conozca-la-historia-del-tranvia-de-bogota/#axzz289rKmPod

Falsos positivos a través de email

Las audiencias creen ciegamente en el correo electrónico

Puesta en escena en la Torre Colpatria, durante el 09 de octubre
Puesta en escena en la Torre Colpatria, durante el 09 de octubre

Un singular correo electrónico circuló en Bogotá durante la semana pasada y escandalizó, por lo menos, a media ciudad. El hecho dejó ver cómo, 71 años después de la transmisión radial de “La Guerra de los Mundos” –emitida por la CBS en Estados Unidos–, a las audiencias todavía les cuesta separar la realidad y la ficción en los medios masivos de comunicación.

El mensaje en cuestión era una supuesta alerta sobre las actividades que se pretendían realizar durante el simulacro del terremoto en Bogotá. De acuerdo con éste, el Distrito planeaba volcar camiones para cerrar las vías de acceso a la ciudad, simulando accidentes; demoler edificios y explotar un avión en el aeropuerto, simulando desastres; encender todas las alarmas, suspender las comunicaciones y los servicios públicos, de manera que los habitantes de la capital enfrentaran con mayor realismo esta puesta en escena.

Obviamente, el mensaje se reprodujo en serie, hasta que de forward en forward, alarmó a toda la ciudad. Lo fijaron en las carteleras de los edificios y los conjuntos cerrados; lo reprodujeron los colegios en comunicados oficiales para los padres de familia; lo reenviaron a cada empleado de las empresas, para que lo tuviera en cuenta ese nueve de octubre; lo citaron en las conversaciones familiares, etcétera. Pero ¿por qué la mayoría de las personas lo asumían como cierto?

Una de las razones es porque venía firmado por una institución oficial. Sin embargo, ésta no era siempre la misma: a veces se reenviaba a nombre del Distrito, de la DPAE (Dirección de Prevención de Accidentes y Emergencias), del Ministerio de la Protección Social y hasta de parte de la Presidencia de la República. Pero aún así, la audiencia le otorgaba autenticidad (un colegio nos mencionó que le dio crédito al mensaje porque se lo reenvió alguien que trabaja en la ARS que esta institución contrata).

Al fin, la DPAE tuvo que salir a desmentir el asunto en los medios, aclarando que no iban a malgastar el erario público de esa manera. (A pesar de eso, algunas personas todavía sostienen que “la Alcaldía sí planeó un simulacro como ese; que no fue aprobado, pero igual se envió el comunicado). Al fin el asunto se superó y el simulacro se desarrolló, como suele decirse en los medios, “con total normalidad”.

No obstante, la realidad es clara: basta con que un mensaje llegue vestido con el formato del último grito de la moda en los medios de comunicación para que las personas le den crédito. Envías un correo, le pones dos o tres logos, lo cuelgas en un blog y ya está: tienes una verdad universal. Ese sigue siendo el poder de los medios. Y tal como lo dijo McLuhan, “no es que sea bueno o malo, sino que depende de la forma en la cual se use ese poder”.

Lo único cierto es que el criterio de las audiencias aún sigue siendo muy pobre en este sentido: basta leer los correos que aún se reenvían: la mayoría de ellos con mitos urbanos (¿O ya debo decir mitos globales, o glocales?) y que las personas creen y replican en cada aspecto de su vida cotidiana. Y aún queda por ver cómo el RSS, el video, el podcast y otros medios se sumen a esta ola de enfrentamientos entre la información y la desinformación.

Qusiera darle crédito a la foto. Como de costumbre en otros de mis blogs, la tomé de Flickr. Le agradezco a El Juglar del Zipa no se moleste por este hecho. Pueden consultar sus trabajos en : http://www.flickr.com/photos/juglardelzipa/tags/simulacro/