Vibraciones

El mug de café dio uno, dos, tres saltos milimétricos y la mesa empezó a tiritar a ciento veintiocho vibraciones por segundo. Tres gotas saltaron y dibujaron gusanos marrones sobre las páginas del libro de Diana. “¡Otra vez el vecino”, pensó. Continuar leyendo «Vibraciones»

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El chico que sube a Patios

Iba torciendo por la curva que lleva a la recta de las lápidas cuando sentí una punzada en el costado derecho y otra en la hendidura del hombro contrario, a tres dedos del cuello. Respiré lento. Continuar leyendo «El chico que sube a Patios»

El Hombre Sonriente

Un vaso humeante de café cayó sobre la mesa trayendo el recuerdo de un hombre, de su sonrisa barbuda e imborrable. Continuar leyendo «El Hombre Sonriente»

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Y el obrero lija la pared: “ashi, ashi, ashi, ashhhhii…”. No le he preguntado su nombre. “Este apartamento no está tan agrietado”, dice. “Si viera los otros”. “¿Grietas muy anchas?” Pregunto. “Unas de medio centímetro. Otras, de uno. Y algunas más grandes. Hace un año atravesé por una de ellas, hacia otro mundo…”.

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Titubeo. ¿Atravesó una? ¿A otro mundo? “La estaba raspando, antes de ponerle el estuco, y de pronto me absorbió; sentí que el cuerpo se me comprimía, y luego fue como si me soplaran, pero hacia el otro lado de la pared. Caí dentro de un altillo. Un cuarto de San Alejo lleno de materiales de obra. Estaba mareado y me asusté. Desde el piso miré hacia arriba y vi a un hombre de barba azul. ‘Levántese, lo estábamos esperando’”, me dijo.

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El obrero acompañó al hombre de Barba azul. Bajaron por una escalera de madera que daba unas tres vueltas y desembocaba en una sala inmensa decorada como un mercado de las pulgas: una fuente de agua y rocas en un lado; pintura, esculturas y estatuillas con estilo precolombino en otro; una urna de cristal que contenía barquitos en miniatura; Una sagrada familia en la que San José tenía la barba amarilla…

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Siguieron por un pasillo lleno de retratos de personas con barba amarilla y llegaron hasta una mesa de unos 24 puestos. En la silla principal esperaba un hombre de barba amarilla y lo acompañaban dos de barba azul. “¡Oh, noble extranjero! – Le dijo – ¿Podrías arreglar la gotera que hay en mi techo y podrías enseñarle a los Barbaverde a repararlas? A cambio te daré tesoros. Los que escojas.

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“Yo volteé a mirar por todo el salón y me di cuenta que todas las paredes estaban agrietadas. Había un hueco grande en un techo que era como de drywall y por ahí caían unas gotas blancas que tenían el piso como derretido en esa parte”, cuenta el obrero. Pero en ese momento solo preguntó “¿Cómo así? ¿Dónde estoy?”.

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La explicación lo dejó loco: era CuatrodeÓct una tierra de hechiceros donde hace mucho estaban en guerra. Los Barbados (los había Amarillos, que eran gobernantes; azules, diplomáticos o políticos; Rojos, guerreros; Verdes, sirvientes, etc.) habían sido hechizados para que olvidaran hacer bricolaje. El maleficio solo se quitaría re-aprendiendo. Pero ¿quién les podía enseñar? Descubrieron a los humanos y tele-transportaron uno.

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El obrero apenas balbuceó. “Pero es que no traje materiales, dijo”. “Eso lo podemos arreglar”, dijo el BarbAmarilla. Le pidió al obrero que se acercara una grieta. Cuando lo hizo, le roció un polvo brillante y, acto seguido, el humano se transportó de vuelta. Por la grieta podía ver al hombrecillo: “toma lo que necesites y pon el dedo en la grieta”, le dijo desde su mundo. El obrero, tomo la espátula, la untó de estuco y tapó el hueco. Mientras corría la espátula alcanzó a escuchar cómo el otro juraba vengarse.

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“Mire el reloj. Aquí no habían pasado, sino dos minutos”, dice. Y salió corriendo de aquel apartamento. “No le creo nada de lo que me dice”, le respondo. Pero me trago las palabras cuando contemplo cómo es nuevamente absorbido por una de las grietas todavía abierta. ¿Qué suerte le espera? No lo sé. Pero al parecer hoy es el día en que los BarbasAmarillas pueden conjurar hechizos entre los mundos.